La última sinfonía del Señor Aritza.

 


El silencio tenía textura en la casa del Señor Aritza. Era un silencio denso, poblado por el polvo que danzaba en los haces de luz que se filtraban por las persianas cerradas, y por el fantasma de un sonido que solo él parecía perseguir. Desde que Elisa se había ido, el piano de cola Steinway era un ataúd de ébano pulido en el centro de la sala.

Elisa, la formidable concertista. Elisa, cuyo nombre era un susurro de alas en los auditorios. A ella, el silencio la había vencido al final, robándole primero las notas agudas, luego las medias, hasta dejarla en un mundo de murmullos ahogados. Pero al Señor Aritza, afinador de pianos durante cincuenta años, le había hecho una promesa.

—La última canción, la que no pude estrenar —le dijo con una voz que era ya apenas el eco de sí misma—, no está escrita en ningún papel. La escondí en el silencio del piano. Cuando el silencio esté perfectamente afinado, podrás escucharla.

Los vecinos creían que la soledad le había quebrado la razón. Lo veían pasar los días con sus llaves de afinación, sus paños de gamuza y su martillo, no sobre las cuerdas, sino sobre el aire mismo dentro del instrumento. Ajustaba la tensión del mutismo, la armonía de la quietud. Ponía el oído sobre la madera lacada y cerraba los ojos, buscando una frecuencia que solo él parecía creer que existía.

—No es una melodía para los oídos, Aritza —le decía su vecina, la señora Durán, con lástima—. Es una melodía para el corazón. Déjalo ya.

Pero él persistía. Afinaba el silencio de la mañana, que era frío y cristalino. Luego el de la tarde, cálido y pesado. Y finalmente el de la noche, profundo e infinito. Su vida se había convertido en un ritual obsesivo alrededor de un sonido inexistente.

Una noche de luna llena, cuando la luz plateada bañaba el piano como un escenario, el Señor Aritza supo que era el momento. El silencio había alcanzado una calidad extraña, una pureza tan absoluta que casi dolía. Con manos temblorosas, realizó el último y minúsculo ajuste a una clavija imaginaria.

No hubo música.

No brotaron las notas de Chopin o Debussy que tanto había amado Elisa. No hubo ningún sonido.

Hubo, en cambio, un cambio en la atmósfera. El Señor Aritza contuvo el aliento, una punzada de decepción atravesándole el pecho. Pero entonces, sus ojos, nublados por los años, recorrieron la habitación.

Y lo vio.

En la gran fotografía de boda que colgaba sobre la chimenea, Elisa no solo sonreía con la suavidad de siempre. Su sonrisa se había ampliado ligeramente, los ojos entrecerrados en un gesto de profunda, silenciosa complicidad. Aturdido, giró hacia la foto de su aniversario de bodas, en la mesa lateral. Allí también. La sonrisa de Elisa era ahora un poco más amplia, un poco más viva. En cada marco, en cada instantánea congelada en el tiempo, la expresión de su esposa se transformaba. Las sonrisas estáticas y ceremoniosas se convertían en risas francas y despreocupadas; la mirada serena se transformaba en una chispeante alegría que él no recordaba haber capturado con tanta intensidad ni siquiera en la vida real.

No era la canción que él esperaba escuchar. Era la canción que ella le había dejado para que sintiera. No en sus oídos, sino en su alma. La última sinfonía de Elisa no estaba hecha de sonidos, sino de la esencia misma de su alegría, liberada en el instante en que el silencio, por fin, estuvo perfectamente afinado.

El Señor Aritza no lloró. Se dejó caer en el taburete, rodeado por la felicidad resonante de su esposa, y por primera vez desde su partida, el silencio dejó de pesar.

Aldo Rojas Padilla.

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