El último episodio de Polly y Parches.
Danny Ortega llevaba tres semanas sin dormir cuando encontró el rollo. El sótano del Canal 7 olía a vinagre y a cintas oxidadas. Cada paso suyo hacía crujir el linóleo, como si algo respirara debajo. En la estantería D-9, entre un spot publicitario de un dentífrico que ya nadie fabricaba y un noticiero del terremoto del 85, descansaba un carrete de 16 mm marcado con cinta adhesiva amarilla: “PP-13: nunca emitir”.
No era la primera vez que Danny se quedaba hasta tarde. Desde que su mujer lo echó de casa —“Vives en tu mundo, Danny, y no precisamente conmigo”—, el canal se había convertido en su refugio. Llevó el viejo proyector a su cubículo de control, cargó el rollo, ajustó la tensión de la lámpara y apagó las luces.
Los primeros minutos eran idénticos a los que recordaba: la muñeca de trapo Polly saludando con su vestido de cuadros, mientras su perro Parches ladraba sin parar. Pero a los 4:37, la imagen se partió en bandas negras y reapareció la misma escena… con una diferencia. Polly alzó la cabeza, miró directamente al objetivo y dijo, con la voz quebrada de una niña que ha estado llorando:
—¿Todavía estás ahí, Danny?
El proyector chirrió; el contador de cuadros se detuvo. Danny sintió que el aire se volvía sólido. En la pantalla, Polly se acercó tanto que sus ojos de botón llenaron el encuadre.
—Recuerda el trato —susurró—. Tú me dibujabas para que yo pudiera salir. Ahora me toca a mí dibujarte a ti.
Danny palpó su brazo izquierdo. Desde la infancia llevaba una cicatriz con forma de muñeca de trapo: cabeza redonda, vestido de cuadros, perro al lado. Se la había hecho él mismo con la navaja de su padre la noche que su madre lo encerró en el sótano por “mentiroso”. Con su propia sangre, dibujó a Polly en la pared y le pidió que se quedara con él para siempre.
En la pantalla, Parches empezó a ladrar, pero el sonido no era de perro: era el chasquido de una cámara Polaroid. Danny miró hacia abajo y vio que sus pies se volvían planos, de cartón grueso. Sus dedos se fundían hasta formar mitones. El dolor no era agudo; era una tibieza que subía como tinta.
La última imagen que el proyector mostró fue la del cubículo de control, ahora vacío. En el suelo yacía una figura de trapo: un hombre de mejillas rosadas, ojos de botón y una cicatriz bordada en el brazo. Junto a él, una nota escrita con marcador indeleble:
“Capítulo final: Danny cumple su palabra. Ahora Polly tiene compañía para siempre. Próximo episodio: tu turno”.
Cuando el carrete se consumió, el proyector se apagó solo. En la estantería D-9 apareció un nuevo rollo. La etiqueta, todavía húmeda, rezaba: “PP-14: nunca emitir”.
Arriba, en recepción, el teléfono empezó a sonar. Era la voz de una niña que preguntaba si alguien había visto a su amigo Danny. Decía que tenía trece años, que llevaba una muñeca de trapo bajo el brazo y que estaba dispuesta a intercambiarla por la llave del sótano.
Aldo Rojas Padilla.

Comentarios
Publicar un comentario