El Testigo de Barro y Ternura.


Valencia, a mediados del siglo XX, olía a café recién colado y a tierra húmeda del lago. Por las calles de polvo y sol, donde las tapias encerraban jardines de mangos y merey, se empezaba a sentir el jadeo de la modernidad, pero el ritmo aún lo marcaba el tranco pausado de las bestias. En una de esas casas de corredor amplio, vivía la familia de don Luis, un hombre de carácter jovial y de una palabra tan firme como los samanes del camino real.

A su hermano, el tío Renato, hombre recio y de pocas pero certeras palabras, le unía una amistad inquebrantable con don Humberto, dueño de una pequeña finca en las afueras. Cuando la joven esposa de don Luis anunció su preñez, la alegría fue general. Don Humberto, en un gesto de pura camaradería, le prometió a Renato: “Al niño que nazca, le regalo el mejor potrillo de la camada de ‘Relámpago’. Será un buen compañero”.

La vida, sin embargo, tiene sus meandros imprevistos. La partera sacó a la luz no a un niño robusto, sino a una niña de ojos vivos y un llanto tenaz a la que llamaron Aura. Casi al mismo tiempo, en el potrero, una serpiente cascabel, traicionera y silenciosa, clavó sus colmillos en el fino tobillo del prometido potrillo. La criatura no resistió.

Don Humberto llegó a la casa de Renato con el sombrero en la mano y el rostro descompuesto. La vergüenza del hombre que no cumple su palabra pesaba más que un novillo muerto. “Renato, hermano, fue una desgracia… el animalito… no hubo remedio”, dijo con la voz quebrada. Luego, tras un silencio incómodo, preguntó: “¿Y el niño? ¿Sano?”.

“Fue hembra, Humberto. Una linda niña”, respondió Renato, poniendo una mano en el hombro de su amigo para quitarle hierro al asunto.

El alma de don Humberto se iluminó entonces. “¡Una hembra! ¡Pero eso es mejor! Un caballo es muy bravo para una princesa. Mira, Renato, para enmendar mi palabra, les daré a la niña a ‘Julián’. Es un burrito que acaba de nacer, más dulce que un pan de horno, manso como el agua de un manantial. Será perfecto para ella”.

Y así fue como Julián, un burrito de pelaje grisáceo y ojos grandes rodeados de un cerco de pestañas blancas, llegó a la casa de la recién nacida Aura. Crecieron juntos, como dos retoños de la misma tierra valenciana. El tío Renato, inquebrantable y de corazón blando, se convirtió en el custodio de esa amistad singular. Julián, en su inteligencia terrenal, entendió pronto quiénes eran los amos de su afecto: la niña Aura y el tío Renato. Para ellos solo reservaba su lomo. Si algún osado, un visitante o un primo curioso, intentaba montarlo, Julián ejecutaba su protesta imbatible: se echaba en el suelo con una parsimonia tan digna que resultaba cómica. “¡Jajaja! Mira el burro gentleman”, decían los vecinos, que pronto aprendieron a respetar los gustos excéntricos del animal.

Porque Julián no era un burro cualquiera. Era un burro con costumbres de príncipe. Abominaba del pasto seco y polvoriento; su paladar exigía la hierba fresca, jugosa, cortada al amanecer. Bebía agua fresca, nunca la del bebedero calentada por el sol. Y su paseo diario era un espectáculo urbano. Caminaba con solemnidad por la acera de la calle principal, pero su educación era exquisita: al toparse con un transeúnte, se detenía, y con un leve movimiento de la cabeza, cedía el paso con la elegancia de un viejo hidalgo. Los vecinos, conocedores de su ritual, sonreían y pasaban, agradeciendo con un "Gracias, Julián" que parecía brillar en los ojos tranquilos del animal. Era el único burro de Valencia que practicaba la cortesía peatonal.

Los veranos, cuando el sol achicharraba la llanura y el pasto se volvía amarillo, el tío Renato y Aura, ya una chiquilla de trenzas, emprendían una excursión a las faldas de la montaña. Julián los seguía, feliz. Allí, entre cafetales y el canto de las cigarras, pastaba a sus anchas y bebía el agua fría que brotaba de los caños de bambú. De regreso, cargaban fardos de pasto verde para que Julián tuviera reservas. Pero he aquí el colmo de su carácter: el burro se negaba en redondo a transportar la carga. La hierba era para su deleite, no para su lomo. Si algún criado con poca malicia osaba colocarle el fardo, Julián, ofendido en su dignidad, se echaba al suelo con terquedad absoluta. La tarea de cargar el pasto recaía, así, invariablemente, en Aura y el tío Renato, quienes regresaban a casa sudorosos y riendo, tirando de las riendas de un burro que caminaba liviano y satisfecho, dueño y señor de su ocio.

Su momento culmen del día eran las tres de la tarde. Puntual como un reloj suizo, se plantaba en la puerta de la cocina. Allí la abuela, ya tenía listo el bizcocho casero y una taza de café. Julián mojaba su porción en la bebida y la comía con delicadeza. Era su rito, su merienda de caballero de alcurnia.

Los años pasaron. Valencia se fue vistiendo de cemento. Los potreros y corrales comenzaron a ceder ante el empuje de nuevas urbanizaciones. Los vecinos, sin embargo, en una muestra de cariño colectivo por aquel burro que era parte del paisaje urbano, hicieron una petición a las autoridades: “Dejen a Julián”. Y así fue. Se le permitió seguir con sus costumbres, un anacronismo viviente y querido.

Aura creció, dejó las trenzas por el pelo suelto, los juegos infantiles por los libros de bachillerato y luego por la Universidad de Carabobo. Pero siempre, al regresar a casa, lo primero que hacía era buscar a Julián, acariciar su hocico surcado de canas. Diecinueve veranos habían pasado.

Un día, Aura regresó de clases más tarde de lo habitual. Al doblar la esquina, una multitud silenciosa apiñada frente a su casa le heló la sangre. Eran los vecinos, los mismos a quienes él cedía el paso en la acera, los que le guardaban el bizcocho de las tres. En sus rostros vio una pena antigua, la que se reserva para las despedidas definitivas. El silencio del grupo se abrió para dejarla pasar, y la noticia flotaba en el aire, pesada y dulce como el aroma del café de las tres.

“Julián amaneció quebrantado. No quiso el café. Se fue al rincón de siempre, se acostó y… no se levantó más”, le dijo una voz suave desde atrás.

Aura, la universitaria, la mujer que empezaba a descifrar el mundo, entró en la casa con un silencio y dolor profundo. Porque con Julián no solo moría un burro. Se iba un pedazo de su infancia, un testigo de barro y ternura de toda una vida, el último suspiro de una Valencia de aceras polvorientas donde un burro llamado Julián supo ser, más que un animal, un amigo de paso firme y corazón leal.

Dedicatoria: para mi tía Aura, guardiana de esta memoria querida, con todo mi cariño. Bendición.

Aldo Rojas Padilla.

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