El Huésped Sólido.

 


El vacío no era, como podría suponerse, una ausencia. Para Andrés, había adquirido la consistencia de un huésped. Un huésped que no llegó un día, sino que simplemente se hizo evidente, como una mancha de humedad en la pared que siempre estuvo ahí, pero que la luz de una mañana particular revela de pronto con una claridad obscena.

Al principio era una levedad en el centro del pecho, una ligereza incómoda, como si le hubieran extraído una costilla y en su lugar hubieran dejado una bolsa de aire frío. Con el tiempo, el huésped fue expandiéndose. Aprendió a colarse en los rituales cotidianos. Andrés bebía un café y, entre sorbo y sorbo, el vacío se instalaba en la taza, haciéndola más pesada, infinitamente pesada, como si contuviera plomo líquido. Encendía la radio y la música sonaba perfecta, melódica, pero el vacío se colaba entre las notas, creando un silencio paralelo que las devoraba por dentro.

La gente notaba algo, claro. “Andás distraído, Andrés”, le decían. Él sonreía, un gesto que le costaba un esfuerzo de funámbulo. ¿Cómo explicar que no era distracción, sino una atención ferozmente concentrada en ese compañero invisible que lo abrazaba por la espalda, que le susurraba al oído la inutilidad de cada gesto, de cada palabra?

Una tarde, lloviendo sobre Buenos Aires de una manera gris y monocorde, el vacío dio un paso adelante. Andrés estaba en su departamento de la calle Serrano, mirando cómo las gotas correteaban por el vidrio. De pronto, la sensación no fue de estar con el vacío, sino de ser el vacío. Sus dedos, al tocar el cristal frío, no transmitieron ninguna sensación. Eran de cristal también, o de aire. Un pánico lúcido lo recorrió. No era el pánico a la nada, sino a ser la nada misma.

Fue entonces que se le ocurrió la única solución posible, una solución a lo Cortázar, ilógica y perfecta. Si el vacío lo abrazaba a él, él abrazaría al vacío. Pero no con resignación, sino con una bienvenida exagerada, grotesca.

Comenzó a coleccionar objetos inútiles, cosas que eran pura ausencia de función: un paraguas con el tejido comido por la polilla, un reloj sin manecillas, un libro en un idioma inexistente. Los dispuso en círculo en el centro de la habitación. Se puso de pie en medio de ese ritual doméstico y, en voz alta, pronunció una invitación:

“Bien, ya que estás aquí, hagamos las cosas como corresponde. Te doy la bienvenida oficial. Toma posesión.”

No pasó nada. O sí pasó. El silencio se volvió tan denso que el tictac del reloj sin manecillas (que, por supuesto, no tictaqueaba) resonó en sus oídos como un martillazo. El vacío, ante la invitación directa, pareció titubear. Andrés sintió que el abrazo se aflojaba, como si el huésped, ante la falta de resistencia, perdiera su forma.

Y entonces vino el final, el verdadero final. Andrés, en un acto de supremo desafío, se miró las manos. Y las vio. Realmente las vio, por primera vez en años. Las líneas de la palma eran mapas complejos, ríos de una vida vivida. El vacío no se había ido; seguía allí, pero ya no lo abrazaba a él. Andrés comprendió de golpe: el vacío nunca había sido su huésped. Él había sido el huésped del vacío. Y en el momento en que decidió ser el anfitrión, la relación de fuerzas cambió.

Salió a la calle. La lluvia había cesado y un sol pálido se filtraba entre las nubes. La ciudad bullía con su ruido absurdo y maravilloso. Andrés no se sentía completo, ni feliz. Pero al caminar, sus pasos hicieron clic, clac sobre la vereda mojada. Y el sonido era tan sólido, tan incontestablemente real, que sonrió. No era la sonrisa del funámbulo, sino la de un hombre que acaba de descubrir que el abrazo más asfixiante se vence, a veces, con un abrazo aún más fuerte. Un abrazo que, paradójicamente, es puro aire y decisión.

Aldo Rojas Padilla.

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