El desdoblamiento de los iluminados. (Un cuento en la penumbra).


La ciudad transpiraba ese alquitrán agrio de las tardes que nunca terminan. Yo caminaba —o más bien, mi sombra caminaba— por la Avenida de los Espejos Rotos. No eran espejos, claro, sino escaparates velados por el polvo del Tiempo Detenido. Pero reflejaban, oh sí, pedazos torcidos de la realidad: una pierna aquí, un ojo desorbitado allá, la sonrisa fosforescente de un maniquí sin cabeza.  

Frente al Gran Teatro Vacío, la Cola Serpentina. No se sabía para qué. Quizás para respirar, o para recordar cómo se hacía. Yo observaba desde mi costado invisible, ese que se despegó de mí hace lunas, hambriento de silencio. La gente en la fila tenía piel de papel secante, absorbían la humedad del aire con una dignidad aterradora.  

Y entonces, ellos. Surgieron de la Bruma Electrónica, envueltos en trajes de luces pixeladas. Los Iluminados. Caminaban sobre una alfombra de aire comprimido, sus risas eran campanitas de vidrio rompiéndose contra el asfalto. Uno llevaba un perro robot que defecaba diamantes de imitación; otro, una máscara que proyectaba sueños ajenos en 4D.  

—¡El show debe continuar, queridos espectadores del vacío! —gritó una voz sin boca, saliendo de un megáfono dorado—. Hoy, ¡performance existencial en tiempo real! ¿Sufrimiento o ficción? ¡Apostemos!  

La Cola Serpentina ni siquiera parpadeó. Un niño con ojos de viejo recogió un diamante falso, lo miró como se mira un insecto extraño, y siguió esperando.  

Yo, desde mi doblez de sombra, sentí la Ira. No la mía, sino la de la ciudad misma, un rugido sordo bajo el cemento. Los Iluminados bailaban sobre ella, coreografiando su banalidad en streaming directo al éter.  

—¡Acto segundo! —anunció el megáfono—. ¡Inmersión en la Realidad Aumentada del Alma!  

Uno de ellos sacó un control remoto. Apuntó a una mujer de la cola, demacrada y quieta. Presionó un botón. ¡Piiip! La mujer se convirtió en un holograma bailando salsa. Los Iluminados rieron, bebieron champán de latas relucientes.  

Fue entonces que mi sombra —esa parte hambrienta de silencio— se deslizó hacia el control remoto. No hubo lucha. El Iluminado ni lo notó; estaba demasiado ocupado ajustando el filtro de su máscara para parecer "auténticamente trágico".  

Mi sombra apretó el botón. Pero no hacia la cola.  

Hacia ellos.  

¡Piiiiiiiiip!

Un sonido agudo, como un cristal infinito quebrándose. Los Iluminados dejaron de reír. Sus trajes de luces empezaron a parpadear, frenéticos. El perro robot se derritió en un charco de aceite iridiscente. La alfombra de aire comprimido se desinfló con un gemido.  

Y entonces, la transmisión se invirtió.  

No fueron ellos quienes se volvieron hologramas. Fue su ficción la que se volvió sólida. De repente, sintieron el peso del aire viciado, el crujido de huesos fatigados, el vacío que roe las entrañas como un ácido lento. Sintieron la Cola Serpentina adherirse a sus pies, la espera infinita calcificándose en sus vértebras. Sus gritos no salieron; eran ecos ahogados en una caja de plomo.  

El megáfono cayó al suelo. Por él solo salió, ahora, un susurro rasposo, amplificado hasta lo monstruoso:  

—¿Es... esto... el rating, amigos?  

La Cola Serpentina, por primera vez en años, movió la cabeza. Un único gesto, lento, grave. No de triunfo. De reconocimiento.  

Yo recogí mi sombra —que ahora sabía a ceniza y a quietud— y me alejé. Detrás, los Iluminados quedaron petrificados, no en piedra, sino en la densidad brutal de lo real. Estatuas vivientes de una farsa que, al fin, dejó de ser divertida.  

El show, esta vez, no continuó.  

Aldo Rojas Padilla.

(Escribo este cuento, porque lo breve, a veces, es lo único que el hastío permite sostener).

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