El día que la tierra aguardó (Curpa, 1790).
El sol, como un hacha al rojo, hendía la llanura. El aire, espeso y vibrante, olía a polvo caliente, a boñiga seca, a la promesa lejana de agua en el cauce del río. Yo estaba allí, bajo la sombra raquítica de un cují, tratando de escapar al rigor de junio, ese mes que aquí aprieta las entrañas hasta sacarles jugo. Curpa, un puñado de casas de bahareque y techo de palma, dormitaba. O fingía dormitar. Había un zumbido sordo, un rumor como de colmena inquieta, que no venía solo de las chicharras.
En la casa de los Páez, junto a la plaza polvorienta, el trajín era distinto. Doña María, la comadrona, había entrado apresurada al amanecer, su canasta de telas y hierbas golpeándole la cadera con un ritmo de tambor secreto. Juan Victorio, el padre, hombre de pocas palabras y manos como raíces de árbol, iba y venía del pozo, cada vez con el cántaro más lleno y la frente más surcada de preocupación. Se paraba un instante, miraba al cielo implacable, y luego seguía, sus alpargatas levantando nubecillas efímeras.
– ¡Calor pa’ freír lagartijos, compadre Jacinto! – le grité al viejo que remendaba una silla de cuero frente a su ranchito de enfrente. Su piel era cuero curtido también, marcado por mil soles y mil historias.
Jacinto alzó la vista, sus ojos pequeños y vivaces como semillas de merey. Escupió un chorro oscuro de tabaco masticado que se evaporó casi al tocar la tierra. – Calor de parto, compae – dijo, su voz ronca como el roce de hojas secas. – La tierra está como en vela, ¿no siente? Aguardando. Como cuando el trueno se tarda, pero sabes que viene.
Tenía razón. Había una tensión en el aire, distinta al bochorno habitual. Era como si la propia sabana, esa inmensa plancha verde y ocre que se perdía en el horizonte, contuviera el aliento. Los perros no ladraban, se acurrucaban en las sombras más profundas, hocicos entre las patas. Hasta el viento, ese soplo caprichoso del llano, se había aquietado. Solo el gemido ronco de una puerta de cuero, movida por no se qué mano invisible, rasgaba el silencio pesado.
– ¿Será varón, Jacinto? – pregunté, más por romper el hechizo que por verdadera curiosidad.
El viejo sonrió, enseñando los pocos dientes que le quedaban, amarillos y fuertes. – En esta tierra, compae, lo que nace es fuerza. Varón o hembra. Pero hoy… – hizo una pausa, mirando hacia la casa de los Páez, donde una voz de mujer gritó, aguda y breve, para luego apagarse en un murmullo – hoy huele a potro cerrero. A cosa brava.
Pasaron horas. El sol trepó a su cenit y empezó su lento rodar hacia el poniente. La sombra del cují se alargó como un dedo oscuro señalando el oriente. Yo me había quedado en silencio, viendo pasar las nubes escasas, imaginando la lucha silenciosa tras esas paredes de barro. La vida, aquí, era un parto constante: de terneros, de cosechas, de esperanzas. Pero este nacimiento… sentía que era distinto. No sé cómo explicarlo. Era como si el silencio de los perros, la quietud del viento, la mirada clavada de Juan Victorio en el horizonte vacío, fueran pequeños guijarros formando un mosaico invisible que solo se vería completo mucho después.
Y entonces, cuando el sol empezaba a dorar los palos de las cercas con un fuego más dulce, sonó el llanto. No fue un quejido débil, no. Fue un grito claro, potente, que rasgó la tarde quieta como un relincho joven en la madrugada. Un grito que pareció sacudir el polvo de las calles y hacer vibrar las hojas de los escasos árboles.
Doña María asomó en la puerta. Su rostro, surcado como un barbecho, brillaba de sudor y algo más: una satisfacción profunda, antigua. – ¡Varón! – anunció, y su voz, normalmente cascada, tuvo un timbre de campana nueva. – ¡San Antonio bendito, es un toro el muchachito! José Antonio.
Jacinto, que se había levantado lentamente, como desentumeciéndose de un largo sueño, asintió. No dijo nada. Solo escupió de nuevo, pero esta vez con una fuerza distinta. El escupitajo dibujó un arco corto y oscuro en la tierra y cayó con un 'plop' definitivo. Miró hacia el infinito llano, donde las primeras sombras de la tarde empezaban a tejer sus mantos. En sus ojos, esos ojos de semilla de merey, vi pasar algo: no alegría, no sorpresa. Era… reconocimiento. Como si hubiera visto cumplirse un pacto viejo, escrito no en papel, sino en el viento y en el polvo.
– Ahí va – murmuró, casi para sí mismo. – El que ha de domar el rayo.
Yo seguí su mirada. El llanto del niño, José Antonio, aún resonaba en el aire fresco de la tarde naciente. En el corral de los Páez, un potrillo recién destetado, fino de cascos y con una estrella blanca en la frente, alzó la cabeza bruscamente. Olfateó el aire, sus orejas puntiagudas temblaron como hojas sensitivas. Y relinchó. Un sonido limpio, desafiante, que contestó al llanto del recién llegado. Como un saludo. Como un desafío aceptado.
La tierra, al fin, había soltado el aliento que retenía. Un suspiro cálido, cargado del olor a lluvia lejana y a hierba nueva, barrió la calle. Jacinto volvió a su silla, a su remiendo. Yo me quedé bajo el cují, viendo cómo la luz dorada bañaba la casa humilde donde acababa de llegar, envuelto en trapos y en el silencio expectante de un mundo inmenso, un pedazo de futuro con pulmones fuertes y un nombre que la historia, como un río que aún no se divisa, se encargaría de tallar en bronce. Nada sería igual. Curpa, sin saberlo, acababa de parir no solo un niño, sino un pedazo del alma futura de esta tierra indómita. La grandeza, supe en ese instante, no siempre llega con trompetas; a veces, llega con un grito en el calor de la tarde, y el relincho de un potro que ya presiente, en su sangre joven, la carrera que vendrá.
Aldo Rojas Padilla.

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