El color del silencio.
El ático, bajo el ojo redondo del tragaluz, olía a madera vieja y a todas las ausencias. El aire quieto tenía el tacto de una telaraña. Allí, agazapado entre cajas rotas y muebles cojos, encontré el baúl de cedro de mi abuela, con las iniciales de latón ya verdosas y un candado oxidado que cedió con un chasquido ahogado. Dentro, entre sábanas de lino amarillentas, dormía un álbum.
Era de tapas gruesas, forradas en terciopelo desvaído, y sus hojas, de cartón color tabaco, crujieron al abrirlo como si despertaran un lamento. La luz tenue de la tarde, que se colaba como un ladrón por la ventana sucia, apenas rozaba las fotografías pegadas con esquineras de papel. La primera que me llamó, no, que me arrastró, fue una imagen ovalada, sepia, de un hombre.
Sus ojos. Era lo primero. Tan penetrantes que parecían perforar el cristal de la fotografía, el tiempo, la piel misma del presente. Un bigote ralo le sombreaba el labio, y el traje, de solapas anchas, le quedaba un poco grande. Alrededor, un fondo difuso, la silueta de un estudio que parecía hecho de neblina. No tenía nombre escrito al pie, ni fecha. Solo un número pequeño, apenas legible, en la esquina inferior: 1887.
Acerqué el álbum. Mi pulgar, casi por instinto, rozó el rostro de ese hombre. En ese instante, un escalofrío me recorrió desde la nuca hasta los pies, no de frío, sino de una vibración que venía de adentro de la foto, como un zumbido de colmena lejana. Y el aire del ático, que segundos antes olía a naftalina y polvo, se cargó de un aroma tenue, inconfundible: a tabaco de pipa y a cuero envejecido. No había pipa ni cuero en ese ático desde hacía décadas.
Pasé la página, y mi aliento se detuvo. Otra imagen, esta vez rectangular, en blanco y negro descolorido, mostraba a una mujer. Su cabello, recogido en un moño estricto, enmarcaba un rostro de facciones duras, pero sus ojos guardaban una tristeza infinita. Estaba sentada en un jardín, con una mano apoyada sobre lo que parecía ser un libro grueso. Al tocarla, sentí no solo el papel, sino la aspereza de la tela de su vestido, el frío de su sortija de boda. Y una punzada, un dolor sordo en mi propia mano, como si hubiera rozado una espina invisible. Una melodía lejana, apenas un tintineo de piano desafinado, se coló en el aire, una tristeza antigua que no reconocía, pero que se me anidó en el pecho.
Las horas se desdibujaron. Pasé por rostros anónimos, por bautizos y funerales de un siglo que no era el mío. Abuelos que nunca conocí, tíos-abuelos de miradas veladas. Con cada foto, un detalle se hacía carne: el rasguño en la rodilla de un niño que ahora ardía en mi propia piel; el sabor a sidra rancia en mi boca al ver una celebración de bodas; el frío del mármol de una lápida que congelaba la punta de mis dedos. El olor a tabaco y a lavanda, a tierra húmeda y a pan recién horneado, se mezclaba y flotaba en el ático, como si todos ellos hubieran vuelto para respirar a mi lado.
Sentí sus presencias. Eran sombras que no se veían, pero que pesaban en el aire, que empujaban mi espalda, que susurraban en la periferia de mi oído. Sus vidas, sus silencios, sus gozos y sus penas, se filtraban en mí. Empecé a notar gestos en las fotos, inclinaciones de cabeza, formas de sostener un pañuelo, que me resultaban extrañamente familiares. Eran mis propios gestos. Sus ojos, los ojos de todos ellos, empezaban a espejarse en los míos cuando me miraba en el cristal empolvado del tragaluz. Era yo quien estaba en esas fotos. O ellos estaban en mí.
La última página. Una foto sin fecha, pero claramente más reciente. Un niño pequeño, sentado en un triciclo de metal, sonriendo a la cámara con una sonrisa desdentada. La luz de un verano antiguo bañaba la escena. Su cabello era castaño claro, sus ojos, grandes y curiosos. Lo reconocí al instante. Era yo. Un yo que no recordaba tan feliz.
Pero al levantar la foto para verla mejor, la luz del tragaluz se desvaneció. No hubo oscuridad, sino una blancura cegadora, como si el sol del mediodía hubiera decidido entrar de golpe por la pequeña ventana. La fotografía del niño se quemó en mis manos, no con fuego, sino con esa luz implacable. Solté un grito, pero mi voz sonó ajena, como la de otro.
Cuando la blancura se disipó y la luz tenue del ático regresó, la foto en mis manos había cambiado. Ya no era el niño del triciclo. Era el hombre de la primera imagen, aquel de los ojos penetrantes y el bigote ralo, con el número 1887 apenas visible en la esquina. Y sus ojos, que antes me miraban, ahora parecían mirarse a sí mismos.
Dejé caer el álbum. Miré mis manos. Eran mis manos, sí, pero las venas se marcaban con una crudeza que no recordaba, y mis dedos parecían más largos, más huesudos. Mi reflejo en el cristal del tragaluz no era el que esperaba. Aquellos ojos, hundidos y penetrantes, no eran los míos de siempre. Eran los ojos del hombre de la foto. Y el ralo bigote que me asombró en la primera página, ahora sombreaba mi propio labio.
El olor a tabaco de pipa y cuero envejecido me envolvió por completo. Y supe, con una certeza que helaba la sangre, que el baúl de cedro no había guardado solo fotografías. Había guardado el tiempo. Y que al abrirlo, no había desempolvado a mis antepasados.
Me había desempolvado a mí.
Aldo Rojas Padilla.

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