El ascensor con memoria (y mal genio).


El ascensor del edificio Palermo, un cubo de metal con más de medio siglo encima, no era un ascensor cualquiera. Tenía un alma, o al menos el mal genio de una abuela renga. Sus entrañas de cables y poleas resonaban con quejidos que el viejo portero, don Carmelo, juraba que eran resoplidos de hartazgo. "Se le ha subido la sangre a la cabeza", mascullaba, y nadie osaba corregirlo.

El día comenzó como cualquier otro lunes de tormenta, con la humedad pegándose a la piel y el apuro masticado en la boca de los vecinos. La señora Emilia, la del cuarto B, intentó llamar al ascensor. El botón, de un plástico amarillento y sudoroso, se hundió con un clic lastimero. Nada. Volvió a pulsar, con esa furia contenida de quien ha perdido el tren de la paciencia. El ascensor, desde su pozo oscuro, emitió un gruñido metálico que sonó a burla. Emilia suspiró. "Está ofendido. Otra vez." Y bajó por la escalera, murmurando sobre la necesidad de un exorcismo.

Don Leandro, el profesor jubilado del segundo piso, con su paraguas goteando y su maletín de cuero desgastado, tuvo mejor suerte. La puerta del ascensor se abrió con un bostezo lento, revelando la cabina iluminada por una bombilla parpadeante. Entró, pulsó el botón de la planta baja. Las puertas se cerraron con un suspiro. Pero en lugar de bajar, el ascensor dio un respingo y subió. Primer piso. Segundo. Tercero. La aguja se detuvo en el séptimo. Las puertas se abrieron sin motivo, mostrándole un pasillo vacío. Un tic-tac en el tablero, como una risita contenida. Don Leandro, impávido, se encogió de hombros, pulsó la planta baja de nuevo y esperó. El ascensor, como si hubiera terminado su broma, se decidió a bajar.

Pero la verdadera muestra de su carácter vino con la señorita Gladys, la administradora del consorcio, una mujer con el ceño permanentemente fruncido y el alma tan rígida como sus trajes de sastre. Gladys necesitaba llegar a la planta baja para una reunión crucial. Llamó al ascensor con la misma autoridad con la que manejaba las expensas. La puerta se abrió. Gladys entró, un aura de urgencia a su alrededor. Pulsó. El ascensor, para asombro de un joven repartidor de pizzas que esperaba a un lado, cerró sus puertas, se encendió la luz del "ocupado" y... se quedó inmóvil.

Absolutamente quieto.

Gladys golpeó la pared. "¡Ascensor! ¡Por favor!" Luego, su voz se tornó más severa. "¡Esto es inaceptable! ¡Tengo una reunión!" El ascensor vibró levemente, una especie de temblor burlón. El joven repartidor, un chico espigado con el rostro lleno de acné, carraspeó. "Señorita, dicen que a veces se enoja si uno le habla así." Gladys lo fulminó con la mirada. "¡Tonterías! Es una máquina."

Pasaron los minutos. Cinco. Diez. Quince. Gladys, con su pulsera de oro tintineando, intentaba todas las combinaciones de botones. Llamar al portero. Abrir la puerta. Cerrar la puerta. El ascensor permanecía sordo e inmutable. El repartidor, ya resignado, apoyó las cajas de pizza en el suelo. De pronto, Gladys se cruzó de brazos, exhaló con estridencia y, con un tono que mezclaba el desprecio y la súplica, dijo: "Escúcheme bien, pedazo de chatarra con resortes. Necesito ir al banco. Si no me saca de aquí ahora mismo, mañana mismo firmo la orden para que lo reemplacen por uno nuevo. ¿Me oyó? ¡Uno silencioso! ¡Uno que no se queje por todo!"

Un silencio sepulcral llenó el pasillo. El repartidor contuvo el aliento. Y entonces, con una lentitud exasperante, como un párpado que se cierra después de una meditación profunda, el ascensor comenzó a descender. Sin ruidos, sin quejas. Apenas un susurro metálico. Bajó hasta la planta baja. Las puertas se abrieron con una suavidad inusual.

Gladys, triunfante, salió con un paso firme. "Lo sabía. Solo hay que hablarles con firmeza." El repartidor la miró, luego miró la cabina oscura.

Pero lo sorprendente no fue que el ascensor obedeciera. Sino lo que dejó ver.

En el preciso instante en que Gladys cruzó el umbral, el interior del ascensor, que siempre había sido de un gris monótono, pareció teñirse de un color. No un color de pintura, sino una emanación, un matiz. Era un verde bilis. Intenso, brillante, casi iridiscente. Y en el centro del panel de botones, donde antes solo había números, un diminuto botón, del tamaño de una moneda, ahora brillaba con el mismo tono verdoso. Un botón que nadie recordaba haber visto jamás. El repartidor, con los ojos como platos, se acercó a la puerta. Miró el botón verde, luego la espalda de Gladys que se alejaba sin mirar atrás.

Y justo cuando ella salía a la calle, el ascensor, con un sonido que no era mecánico ni eléctrico, sino algo parecido a un eructo satisfecho y cargado de malicia, cerró sus puertas. Y se quedó allí, en la planta baja, brillando con su nuevo e inquietante color. Dispuesto a esperar a la siguiente víctima. La señorita Gladys, mientras caminaba por la vereda, no pudo evitar sentir una picazón en la garganta, una sequedad extraña que la hizo toser una y otra vez. Y a la mañana siguiente, cuando despertó, su voz, que siempre había sido clara y firme, sonaba áspera, raspada, como si hubiera tragado una cucharada de polvo. Un tono que, sin que ella lo supiera, se parecía extrañamente al quejido metálico que el ascensor soltaba cada vez que alguien lo llamaba.

Aldo Rojas Padilla.

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