La cucharita de plata y el eco del hambre.
La cucharita de plata, apenas un hilito de metal en mi palma, pesaba más que un ancla en un mar de plomo. Había sido suya, de mi madre, el único recuerdo tangible que me quedaba después de la venta apresurada, la desbandada de objetos que se llevó el eco de su risa, el olor a lavanda de sus cajones. La sostenía ahora, en la cocina a oscuras, donde el frío se había instalado en las baldosas y trepaba por mis tobillos como una condena. No había luz, no porque la noche fuera profunda, sino porque el medidor se había detenido en un número que ya no era mío.
La nevera, un gigante blanco y mudo, abría su boca vacía cada vez que la rozaba al pasar. Un desierto helado donde antes florecían los aromas de sus guisos, el murmullo de las botellas de leche. Ahora, solo el eco metálico de mis propios dedos al golpear el estante desnudo. No había hambre, no la que ruge en el estómago, sino la que carcome el alma, la que se instala en el tuétano de los huesos y no te deja respirar. Esa era la que conocía.
El calendario en la pared, un almanaque viejo de farmacia, mostraba un rostro amable que no me miraba. Los días, tachados con una X furiosa, se sucedían sin sentido. ¿Martes? ¿Jueves? Eran lo mismo. El tiempo, esa bestia indomable, se había vuelto un hilo suelto que se anudaba en mi garganta. Cada crujido de la vieja mesa de pino me traía el sonido de su voz, un susurro que se mezclaba con el goteo obstinado del grifo en el fregadero. Tic. Toc. Una gota. Otra. Contaba el tiempo que me quedaba, el tiempo que se me escurría entre los dedos como la arena, como la vida misma.
Afuera, la ciudad era un pulmón agitado que respiraba luces lejanas. Aquí, la oscuridad era un manto que se me pegaba a la piel. Sentado en la silla de madera, esa misma donde ella solía tejer, la cucharita de plata se volvía más fría, como si absorbiera el calor que se me escapaba. Mis ojos se posaron en la pared opuesta, donde la luz de un farol de la calle se colaba por la ventana en una rendija fina, apenas un lamento.
Y entonces, en esa línea de luz, la vi. No entera, no de carne y hueso. Era su sombra. La sombra de mi madre, danzando despacio, con esa ligereza que solo ella poseía. Se deslizaba, casi etérea, entre la mesa y la nevera, sus contornos borrosos por el polvo suspendido en el haz de luz. No era un recuerdo, era una presencia. Un velo que se había rasgado. Extendí una mano, la cucharita de plata aún en ella, y la sombra se detuvo, como si me esperara. Se inclinó, como lo hacía para darme un beso de buenas noches, y en ese instante, en el preciso lugar donde su sombra habría rozado el suelo, una solitaria migaja de pan apareció.
Una sola. Blanca y minúscula, brillando con una luz imposible en la penumbra.
La cucharita de plata se me resbaló de la mano y cayó al suelo, haciendo un ruido seco que resonó en el vacío de la cocina. La sombra se disolvió. El grifo siguió su tic-toc. Y la migaja, intacta, inmaculada, permanecía allí.
La recogí. Y supe que, si había una migaja, podía haber otra.
Aldo Rojas Padilla.

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