La Nochebuena del Sr. Harrington
La nieve caía en silencio sobre Elmwood Avenue, cubriendo de blanco inmaculado los jardines y tejados. En el número 47, la única casa sin luces navideñas, el viejo Mr. Harrington observaba desde la ventana del estudio. El reloj de pared marcó las once de la noche. Veinticuatro de diciembre.
—Abuelo, la cena está lista —la voz de Lily, su nieta de doce años, sonó tímida en el umbral.
Harrington asintió sin volverse. Oía el tintineo de los cubiertos en el comedor, el murmullo de la radio que emitía villancicos, la risa forzada de su hija Martha. Todos esos sonidos familiares que, en vez de calmar, afilaban su nerviosismo. Esperaba algo. Algo que llegaba cada Nochebuena desde hacía diez años.
Se sentó a la cabecera de la mesa. El pavo relucía bajo la luz de la araña, pero a Harrington le pareció pálido, casi grisáceo. Las velas parpadeaban como si algo soplara sobre ellas, aunque ninguna ventana estaba abierta.
—¿Abuelo? —Lily lo miraba con sus grandes ojos azules—. ¿No vas a probar el relleno? Mamá lo hizo especial para ti.
—Claro, cariño —murmuró, clavando el tenedor. El metal resonó contra el plato con un clink demasiado agudo.
Fue entonces cuando el primer sonido extraño llegó: un rasguño tenue, como de uñas sobre madera, procedente del sótano. Martha alzó la vista.
—¿Has oído...?
—El viento —cortó Harrington, demasiado rápido—. Solo el viento contra la puerta de la leña.
Pero no había viento. La noche estaba quieta, congelada.
La cena transcurrió entre conversaciones truncadas y miradas furtivas hacia la puerta del sótano, al final del pasillo. A las doce menos cuarto, mientras Martha servía el budín, los rasguños se repitieron. Esta vez más definidos, rítmicos. Scrape. Scrape. Scrape.
Lily dejó caer su cuchara.
—¿Qué es eso, abuelo?
Harrington se levantó, las rodillas crujiendo.
—Un animal —dijo, secándose los labios con la servilleta—. Quizás un zorrillo atrapado. Bajaré a ver.
—No —suplicó Martha, pálida—. Padre, por favor. No esta noche.
Pero él ya caminaba por el pasillo, la linterna temblando en su mano. La puerta del sótano estaba entreabierta, aunque juraría haberla cerrado con llave. Un frío denso emanaba de la oscuridad de abajo.
Descendió los escalones de madera, cada crujido amplificado en el silencio. El sótano olía a tierra húmeda y a algo más, dulzón y rancio, como flores marchitas. Barrió con la luz: herramientas colgadas, cajas de adornos navideños, la vieja cuna de Lily cubierta con un lienzo.
Y entonces la vio.
En el rincón más alejado, donde la luz apenas llegaba, una figura sentada en el suelo. No del todo humana. Vestía un traje navideño raído, rojo y verde, pero descolorido por el tiempo. Sus manos, largas y de dedos nudosos, raspaban la pared de cemento. Scrape. Scrape. Scrape.
Harrington contuvo la respiración. La figura giró la cabeza lentamente. No tenía rostro, solo un hueco pálido donde deberían estar los ojos, la nariz, la boca.
—Diez años —susurró Harrington—. Te dije que no volverías.
La entidad emitió un sonido entrecortado, un susurro que parecía formarse desde muy adentro: “Prometiste… una ofrenda… cada Nochebuena…”
—Te di la caja con los juguetes. Los de los niños que ya no los querían.
“No… suficiente… Hambre…” La figura se levantó, desplegándose como una sombra alargada. “Quiero… lo que brilla dentro… lo que todavía cree…”
Harrington retrocedió, tropezando con la cuna. Supo entonces lo que quería. No los objetos, no los recuerdos materiales. Quería la inocencia, la alegría pura. Quería a Lily.
—¡No! —gritó, pero la entidad ya se deslizaba hacia la escalera, silbando una melodía distorsionada de Noche de Paz.
Harrington subió corriendo, el corazón a punto de estallar. Al llegar al comedor, encontró a Martha recogiendo la mesa, sola.
—¿Dónde está Lily?
—Fue a buscar el álbum de fotos a tu estudio. ¿Por qué estás tan pálido?
Un grito ahogado llegó desde arriba. Harrington tomó del mantelero el cuchillo para el pavon, todavía manchado de salsa, y subió las escaleras de dos en dos.
La puerta del estudio estaba cerrada. Desde dentro, oyó la voz de Lily, temblorosa:
—¿Abuelo? ¿Eres tú? Las luces se apagaron…
Y otra voz, superpuesta, susurrando la letra de Jingle Bells, pero con palabras cambiadas: “…corriendo, tropezando, cayendo en pedazos…”
Harrington golpeó la puerta con el hombro. Cedió con un estallido.
Dentro, la oscuridad era total salvo por el tenue resplandor de la nieve contra la ventana. Lily estaba acurrucada bajo el escritorio. Y junto a ella, agachada, la figura sin rostro extendía una mano hacia la mejilla de la niña, como para acariciarla.
—¡Aléjate de ella! —rugió Harrington.
La entidad se volvió. “Tú… me convocaste… la soledad de diez Nochebuenas… me alimentó…”
Harrington comprendió entonces. No había sido un encuentro casual, una posesión. Él, en su amargura tras la muerte de su esposa, en su rechazo a la Navidad, había creado este vacío que algo había ocupado. Cada año, con su desprecio, lo había fortalecido.
—Lo siento —murmuró, y no solo a la criatura. Lo sentía por Martha, por Lily, por todas las Navidades robadas.
Bajó el cuchillo. No servía contra algo así. En cambio, hizo algo que no hacía desde hacía una década: cantó. Su voz, ronca y quebrada, entonó las primeras palabras de Silent Night.
La criatura se encogió, como si el sonido le quemara. “No… esa luz… duele…”
Harrington avanzó, cantando con más fuerza. Lily, desde el suelo, se unió con su voz clara y dulce. Juntos, llenaron la habitación de la melodía.
La figura sin rostro retrocedió hacia la ventana, desvaneciéndose como humo bajo la luz de la luna en la nieve. Por un instante, antes de desaparecer, Harrington creyó ver en ese vacío facial un destello de algo que pudo ser paz, o tal vez liberación.
Cuando callaron, solo quedó el sonido de su respiración entrecortada y el tictac del reloj. Abajo, Martha encendió las luces del árbol de Navidad, y sus colores bailaron sobre las paredes del estudio.
Harrington abrazó a Lily, notando el latido rápido de su pequeño corazón contra el suyo.
—Se fue, abuelo —susurró ella.
—Por ahora —asintió él, sabiendo que algunas sombras nunca se van del todo, solo se aquietan—. Ven. Ayúdame a bajar. Creo que aún queda budín.
Mientras descendían, Harrington miró hacia el sótano. La puerta estaba cerrada. Y en el aire, por primera vez en diez años, olía solo a pino, a canela, a hogar.
Era Navidad, después de todo.
Aldo Rojas Padilla

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