La primera noche, Mariana pensó que había sido una pesadilla.
Se despertó con el corazón golpeándole en el cuello y esa sensación pegajosa de que alguien estaba en la habitación. El reloj marcaba 3:17 a. m. Afuera, la calle estaba desierta, pero juraría haber escuchado pasos lentos sobre el piso de madera, como si alguien evitara hacer ruido… sin lograrlo del todo.
La segunda noche, ocurrió de nuevo: 3:17, el mismo sobresalto, el mismo aire inmóvil y denso, como si la habitación hubiera cerrado los pulmones. Cuando encendió la lámpara, notó algo extraño: las fotos en la pared estaban torcidas, y el marco con la imagen de su infancia estaba boca abajo, aunque nadie había entrado.
La tercera noche decidió no dormir.
Se sentó en la cama, la luz apagada, observando cómo el segundero avanzaba hacia esa hora que nunca debía llegar.
3:15… el silencio se volvió tan profundo que podía escuchar el crujido de la madera, pero no era un sonido normal. Era rítmico, como el lento vaivén de alguien meciéndose de pie.
3:16… las cortinas se movieron sin viento, y en la esquina más alejada, donde la luz del pasillo no llegaba, la oscuridad empezó a hincharse, como si algo empujara desde adentro para salir.
3:17… la vio.
Alta, con la piel pálida como papel mojado pegado al hueso. Ojos enormes, sonrisa torcida, inmóvil… pero transmitiendo una presencia tan pesada que Mariana sintió que el aire se le congelaba en los pulmones.
—¿Por qué siempre a esta hora? —preguntó, intentando que su voz no temblara.
La figura inclinó la cabeza con un gesto inquietantemente infantil y respondió:
—Porque a las 3:17 todavía recuerdas cómo moriste.
Un frío helado le recorrió la espalda. Bajó la mirada a sus manos… y el mundo se derrumbó. Eran traslúcidas, como humo atrapado en vidrio.
Giró hacia la cama y se encontró con su propio cuerpo, rígido, la piel amoratada, los ojos abiertos de par en par, fijos en un punto que ya no existía para ella.
La figura extendió una mano imposible, larga y huesuda.
—Ven. No deberías seguir vagando.
3:18. El reloj titiló.
La habitación volvió a quedar vacía.
Solo quedó el cuerpo.
Aldo Rojas Padilla.
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