La flor del otro lado.


Apenas la vi supe que algo se había movido de lugar. No era el tacto ni el color, que venían exactos de la tierra. Era el perfume. Un olor a música detenida, a caracolas llenas de eco, a polvo de luna. Sucedió al anochecer, de repente. Justo cuando el último rayo de sol se aferró al muro, la flor abrió sus pétalos blancos y rosados. Mi casa, una casa común de baldosas y paredes sin historia, pareció llenarse de una respiración ajena.

Se me hizo inevitable observarla. Me senté en el porche, con los pies descalzos, sintiendo el aroma subir, envolverme. Era un aroma dulce, sí, pero con un filo, como un cuchillo de miel. Cerraba los ojos y el perfume me mostraba puertas que no existían, me soplaba nombres de ciudades de las que nunca había oído hablar. Era un mapa, un código. Y yo, que solo soy un tipo con una hamaca en el jardín, no sabía qué hacer con esa revelación.

Una noche, en el punto exacto en que el perfume se hizo más intenso, la vi. Una mujer, o tal vez la idea de una mujer, se materializó al lado de la flor. Parecía hecha de la misma luz, de la misma fragancia. Se inclinó, sin tocarla, y aspiró. Su rostro, etéreo y feliz, se iluminó por completo. Nos miramos. Ella no pareció sorprendida de verme. Yo, en cambio, sentía que cada músculo de mi cuerpo se había convertido en un nudo.

—Ya era hora de que abriera —dijo, con una voz que sonaba como el tintineo de copas de cristal.

—¿La flor? —logré balbucear.

—La puerta —me corrigió, sonriendo. Y señaló el lirio con un movimiento de cabeza.

Entonces lo entendí. No era el lirio. No era el perfume. El lirio era el ancla; el aroma, el hilo invisible que conectaba. La flor no había florecido en mi jardín: se había abierto en el lugar de donde ella venía. Y a través de su esencia había encontrado el camino a mi porche.

El lirio no era una planta en mi casa. Mi casa, en realidad, era la puerta de un jardín lejano.

Me quedé allí, inmóvil, con el olor envolviéndome como una invitación. Ella extendió la mano, paciente. No sé si llegué a mover la mía o si sigo todavía sentado en la hamaca, respirando.

Aldo Rojas Padilla.

Comentarios

Entradas populares de este blog

La habitación de las tres y siete.

Continuidad de la bruma

El hombre que perdió su sombra.