El Refugio de la Memoria Mansa
"A mi origen y mi paz. Para la luz que guía mis pasos en la sabana de los sueños, donde nunca dejamos de cabalgar".
El sol de la tarde se desmaya sobre la línea del horizonte, tiñendo de oro viejo una sabana que no conoce el fin. Aquí, la inmensidad no abruma; abraza. El aire huele a mastranto y a libertad, un aroma que creía haber perdido en el laberinto de la ausencia.
Cabalgo junto a ella. El ritmo de los cascos contra la tierra es un perfecto reloj de arena que marca el latido de un tiempo suspendido. La miro de soslayo y el pecho se me llena de una luz que no es de este mundo: su perfil está intacto, su porte es firme, y esa plenitud que irradia se contagia como un secreto bien guardado. No hay preguntas, no hay deudas, solo el galope suave hacia ninguna parte y hacia todo.
Llegamos a la orilla de un caño. El agua es un espejo de seda que fluye sin prisa, custodiado por árboles tan antiguos que parecen sostener el cielo. Nos bajamos de los caballos. El silencio no es vacío; es una sinfonía de cantos de aves que celebran nuestra llegada.
Nos sentamos en la orilla, dejando que nuestros pies rompan la superficie fresca del agua. A pocos metros, los caballos hunden el hocico en la corriente, su resoplido es el único recordatorio de que la vida sigue su curso. Sobre nosotros, el follaje filtra la luz en motas de plata, y entre las sombras danzan mariposas de colores imposibles y colibríes que parecen joyas suspendidas por un hilo invisible. Pequeñas hojas navegan a la deriva, como barcos sin brújula, cantando dulcemente con el murmullo del agua sobre las piedras.
Entonces, ella me busca la mano.
Su tacto es el ancla que me sujeta al presente. Me mira con esa profunda calma que solo ella poseía, una mirada que atraviesa los años de silencio y las cicatrices del alma. En sus ojos, sin necesidad de una sola palabra, escucho todo lo que mi espíritu mendiga: el perdón, el orgullo, la certeza de que el amor no conoce de adioses definitivos. Me siento pleno, una vasija llena de una paz absoluta.
El atardecer se apaga para dar paso a un cielo índigo. Nos recostamos sobre el lecho de hojas secas, con los dedos entrelazados, mientras las primeras estrellas comienzan a parpadear como diamantes sobre el terciopelo negro. No hay frío, solo el calor de su mano y la vastedad del universo sobre nosotros.
Cierro los ojos con ella a mi lado. Sé que estoy soñando, pero este refugio es más real que cualquier vigilia. Por eso, me aferro a su mano con la suave esperanza de que el alba se olvide de pasar por aquí. No quiero despertar.
Aldo Rojas Padilla.

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