La costumbre de los lunes (o Sobre la blancura esencial de las cosas)
Los lunes eran, para Horacio, una condena a la pequeña muerte semanal. La oficina de la Cía. General de Consolidaciones respiraba un aire viciado de café recalentado y ambiciones mezquinas. Los apretones de manos eran cálculos, las sonrisas, contraofensivas. Él, contable de cuarta, se refugiaba en el único acto puro de su jornada: los diez minutos de las once, junto a la ventana del pasillo, observando el parque.
Allí, con precisión de cronógrafo suizo, aparecía el Hombre del Banco. Siempre el mismo banco de hierro forjado y listones de madera verde, bajo el olmo. Siempre la misma postura: piernas cruzadas, espalda recta, la atención absorta en las páginas de El Observador Nacional. Horacio había llegado a conocer sus gestos: el leve fruncimiento de cejas ante alguna noticia, el dedo índice que seguía el renglón, la pausa para mirar el cielo, no como quien busca pájaros, sino como quien verifica una coordenada.
La curiosidad, al principio un cosquilleo, se tornó en una obsesión pulcra. ¿Qué podía ser tan fascinante cada lunes en ese diario? ¿Era un espía? ¿Un filósofo? ¿Un loco? La mediocridad de su propio mundo, hecha de intrigas sobre presupuestos y rumores de ascensos, palidecía ante el enigma de aquella figura serena.
Un lunes de octubre, con un cielo de plomo que amenazaba lluvia, Horacio no pudo más. La hipocresía de la reunión matutina había sido particularmente espesa. Sintió que si no salía, si no cruzaba la calle y hablaba con aquel hombre, su propio cerebro se convertiría en una pila de formularios en blanco. Bajó las escaleras, cruzó sin mirar el tráfico, y se plantó frente al banco.
El hombre no levantó la vista. Seguía leyendo. De cerca, Horacio vio que era mayor de lo que aparentaba desde la ventana, con una paz en los rasgos que le produjo una punzada de envidia.
—Disculpe —dijo Horacio, y su voz sonó estridente, ajena—. Le veo todos los lunes. ¿Tan interesante es la prensa de hoy?
El hombre alzó por fin la mirada. Sus ojos eran del color del cielo, no de aquel día, sino de uno muy remoto, de una infancia perdida. Sonrió, no con amabilidad, sino con una especie de reconocimiento lúcido.
—No es la prensa —respondió, y su voz era suave, como el roce de dos hojas de papel—. Es el soporte. Siempre es lunes aquí, ¿no lo sabe?
Y, con un gesto natural, giró el diario hacia Horacio.
Las páginas estaban inmaculadas. No una sola mancha de tinta. Un blanco perfecto, radiante, que parecía absorber la luz gris del día.
Horacio sintió un vértigo. —¿Está… en blanco?
—Usted también lo está leyendo —dijo el hombre, y no era una metáfora, era una afirmación tan clara y fría como un teorema—. Solo que aún no se ha dado cuenta. Los lunes son buenos para darse cuenta. Todo vuelve a empezar, todo está disponible. En blanco.
Horacio retrocedió un paso. Necesitaba regresar a su escritorio, a sus números, a su falsedad conocida. Asintió torpemente y cruzó la calle de vuelta, sintiendo la mirada del hombre en su nuca, una mirada que no juzgaba, solo constataba.
La oficina parecía la de siempre. El zumbido del aire acondicionado, el tecleo lejano, la voz de la secretaria riendo por teléfono. Pero al entrar a su cubículo, algo chirrió en su percepción.
Su escritorio. La superficie de fórmica beige estaba… vacía. No desordenada. Vacía. Donde antes había montañas de carpetas, la calculadora, la foto de su sobrino, ahora solo había una lisura uniforme, un color beige perpetuo. Tocó la superficie. Era sólida, pero era solo superficie. No había objetos. Miró la pantalla de su computador. Encendida, pero mostrando un escritorio digital sin íconos, solo el fondo azul por defecto, infinito.
Se levantó, alarmado. Miró hacia los cubículos vecinos. Sus compañeros estaban allí, tecleando, hablando, moviéndose. Pero sus movimientos eran… silenciosos. Y entonces vio lo peor: la pared del fondo, de un blanco lavado, estaba iluminada por la luz fluorescente. Contra ella, las siluetas de sus compañeros no proyectaban sombra alguna.
Era como si fueran figuras recortadas, animadas, pero sin peso en la realidad. Sin capacidad de alterar la luz. Gritos se acumularon en su garganta, gritos de puro terror ontológico. Los emitió. Abrió la boca y forcejeó con todo su ser para que un sonido desgarrador saliera y rompiera ese espantoso aquietamiento.
Ningún sonido llegó a sus propios oídos. O mejor dicho, llegó la sensación del grito, el esfuerzo en sus cuerdas vocales, la tensión en su mandíbula, pero el aire que expulsó no vibró. No generó onda alguna. Era como gritar en el vacío del espacio.
Uno de sus compañeros, Ramírez, se levantó y se acercó a él, sonriendo. Le dijo algo. Horacio vio sus labios moverse, formando palabras que debían ser “¿Te sientes bien, Horacio?” o algo por el estilo. Pero no llegó sonido. Y en la pared blanca, detrás de Ramírez, no había rastro de su paso, de su presencia física interceptando la luz.
Horacio miró desesperado sus propias manos. Las movió frente a sus ojos. Eran sólidas, de carne y hueso. Pero al acercarlas a la pared, al interponerlas entre la luz y el blanco… no surgió sombra.
Entonces comprendió. El diario en blanco no era un truco. Era un espejo. Era la verdadera naturaleza de este lugar, de este lunes eterno en el que estaba atrapado. Un lugar donde las cosas—los objetos, las intrigas, las personas—no tenían sustancia, solo eran proyecciones sobre una realidad blanca, virgen, indiferente. Él había leído esa blancura desde siempre, en cada gesto falso, en cada palabra hueca, pero se había negado a verla.
Ahora la veía. Y verla significaba quedar atrapado en ella.
Ramírez seguía hablando, su sonrisa era una curva perfecta y vacía. Horacio giró sobre sus talones y corrió hacia la ventana del pasillo, la misma desde donde todo había comenzado. Abajo, en el parque, el banco estaba vacío. El hombre se había ido. Solo quedaba el olmo, el hierro forjado, la madera verde.
Y entonces, Horacio miró el vidrio de la ventana. Buscó desesperado su reflejo, un ancla en su propia humanidad.
El vidrio era impecable, transparente. A través de él, veía el parque, el banco vacío, el cielo.
Pero no reflejaba su imagen. Donde debería estar su rostro, su cuerpo, solo había el continuo del parque, como si él no fuera más que un punto de vista, un par de ojos sin nadie detrás.
La blancura lo había leído por completo. Y, al hacerlo, lo había borrado.
Aldo Rojas Padilla.

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