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La silla de Doña Encarna

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Doña Encarna murió un martes, que es el peor día para morirse en un pueblo porque el martes no tiene ni el peso del lunes ni la resignación del viernes, y la gente no sabe bien qué cara poner. La dejaron velada en la sala, entre cirios y flores de jardín que alguien cortó apurado, y al día siguiente la enterraron en el cementerio del norte, donde la tierra es más blanda y los muertos, dicen, descansan mejor. Pero la silla quedó. Era una silla de mimbre con los brazos gastados en las puntas, de ese desgaste que no hace el tiempo sino las manos, las mismas manos que se apoyan siempre en el mismo lugar durante años y años hasta que la madera cede y toma la forma exacta de una persona. La había sacado Doña Encarna todas las tardes desde que enviudó, que fue hace tanto que los más jóvenes del pueblo no la recordaban de otro modo: sentada en la vereda, con las manos cruzadas sobre la falda, mirando la calle como quien lee un libro que ya sabe de memoria pero igual disfruta. El jueves, cuando...

El peso del aire

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Esa mañana, Rodrigo se despertó sin razón para hacerlo. No era la primera vez. Pero antes había algo — una cita, una deuda, el hambre — que lo obligaba a despegar la espalda del colchón. Ahora no había nada de eso. Solo el techo, con su grieta vieja que nadie había reparado, y la certeza de que el día iba a pesar más de lo que él podía sostener. Se levantó de todos modos. Por inercia, quizás. O por miedo a quedarse quieto demasiado tiempo. Afuera llovía sin convicción, esa lluvia floja que no refresca ni limpia, que solo moja. Rodrigo se paró frente a la ventana con el café en la mano y pensó en su madre. No en su muerte — eso ya lo había pensado hasta gastarlo — sino en sus manos. En cómo le acomodaba el cabello cuando él era niño, sin decir nada, solo pasando los dedos como quien ordena algo que ya estaba bien. Nadie le tocaba el cabello desde entonces. Había gente, claro. Gente que sonreía, que prometía, que ponía la mano en el hombro en los momentos difíciles. Pero esa gente tambié...

La Amistad como Acto de Libertad

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  ‎Entre todos los vínculos que el ser humano construye a lo largo de su existencia, ninguno resulta tan voluntario ni tan vulnerable como la amistad. El parentesco se hereda, el amor irrumpe con violencia propia, la camaradería se impone por circunstancia; pero la amistad se elige. Y precisamente porque nace del libre albedrío, su ruptura duele con una intensidad particular: no hay azar ni destino al cual atribuirle la culpa. Solo hubo una decisión equivocada de confianza. ‎Aristóteles, en su Ética a Nicómaco,  distinguía tres formas de amistad: la fundada en la utilidad, la fundada en el placer y la fundada en la virtud. Las dos primeras son perecederas, sostenía el estagirita, porque desaparecen en cuanto cesa el beneficio o el deleite que las alimentan. Solo la tercera —la amistad entre personas de carácter íntegro, que se quieren por lo que son y no por lo que representan— merece el nombre pleno de philia . Es, en su formulación, el alma que habita en dos cuerpos. ‎Esa di...

El año que el Judas se multiplicó

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  ‎En Terecay, la quema de Judas era una sola. Siempre había sido una sola. Pero ese domingo de resurrección, cuando el sacristán fue a buscar el muñeco que habían guardado en la sacristía, encontró que eran dos. Y cuando llamó a don Próculo para que lo ayudara a cargarlos, ya eran cuatro. ‎Nadie supo explicarlo. El padre Anselmo dijo que era cosa del calor. Los más viejos dijeron que era cosa del tiempo. El caso es que para cuando los colgaron en el callejón del tamarindo, nadie se atrevió a contarlos. ‎El padre Anselmo tenía la costumbre de llevar al monaguillo a todos los actos del pueblo, argumentando que era bueno para su formación ver cómo vivía la gente. Lo que el padre Anselmo no calculó es que los niños, cuando los llevan a ver cómo vive la gente, efectivamente lo ven. ‎Doña Perpetua fue la primera en acercarse. Llevaba el rosario enroscado en la mano derecha como siempre, como si fuera parte de su anatomía. Miró al Judas del centro y dio un paso atrás. Del muñeco salían l...

El lúcido de la plaza

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  Nadie sabía con certeza cuándo había llegado Prudencio a la plaza de Terecay, ni de dónde. Lo cierto es que llevaba tanto tiempo bajo el samán del centro que el árbol y él parecían haber crecido juntos, como dos formas distintas de la misma raíz. Dormía sobre un cartón doblado con la parsimonia de quien hace de la intemperie una costumbre, y se cubría con un saco de yute que olía a lluvia vieja y a tierra de sabana Los perros del pueblo lo conocían. Las gallinas lo rodeaban sin miedo. Los niños, a veces, le dejaban trozos de mango cerca de la banqueta, más por curiosidad que por caridad. El pueblo lo llamaba el Loco, pero lo decían sin maldad, con esa familiaridad resignada con que se nombra lo que no se entiende. Lo que sí era innegable es que Prudencio miraba. Miraba con una fijeza que incomodaba. Sus ojos —dos piedras oscuras y quietas, como los pozos de agua que se forman en el llano después de la tormenta— no se perdían en el vacío como los ojos de los locos de las historias...

El Refugio de la Memoria Mansa

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‎"A mi origen y mi paz. Para la luz que guía mis pasos en la sabana de los sueños, donde nunca dejamos de cabalgar". El sol de la tarde se desmaya sobre la línea del horizonte, tiñendo de oro viejo una sabana que no conoce el fin. Aquí, la inmensidad no abruma; abraza. El aire huele a mastranto y a libertad, un aroma que creía haber perdido en el laberinto de la ausencia. ‎Cabalgo junto a ella. El ritmo de los cascos contra la tierra es un perfecto reloj de arena que marca el latido de un tiempo suspendido. La miro de soslayo y el pecho se me llena de una luz que no es de este mundo: su perfil está intacto, su porte es firme, y esa plenitud que irradia se contagia como un secreto bien guardado. No hay preguntas, no hay deudas, solo el galope suave hacia ninguna parte y hacia todo. ‎Llegamos a la orilla de un caño. El agua es un espejo de seda que fluye sin prisa, custodiado por árboles tan antiguos que parecen sostener el cielo. Nos bajamos de los caballos. El silencio no es ...

La costumbre de los lunes (o Sobre la blancura esencial de las cosas)

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Los lunes eran, para Horacio, una condena a la pequeña muerte semanal. La oficina de la Cía. General de Consolidaciones respiraba un aire viciado de café recalentado y ambiciones mezquinas. Los apretones de manos eran cálculos, las sonrisas, contraofensivas. Él, contable de cuarta, se refugiaba en el único acto puro de su jornada: los diez minutos de las once, junto a la ventana del pasillo, observando el parque. Allí, con precisión de cronógrafo suizo, aparecía el Hombre del Banco. Siempre el mismo banco de hierro forjado y listones de madera verde, bajo el olmo. Siempre la misma postura: piernas cruzadas, espalda recta, la atención absorta en las páginas de El Observador Nacional. Horacio había llegado a conocer sus gestos: el leve fruncimiento de cejas ante alguna noticia, el dedo índice que seguía el renglón, la pausa para mirar el cielo, no como quien busca pájaros, sino como quien verifica una coordenada. La curiosidad, al principio un cosquilleo, se tornó en una obsesión pulcra....