La hora justa para nadie



Ismael llegó a Buenos Aires un viernes de abril y recién el domingo salió a caminar. El trámite que lo había traído se resolvió en veinte minutos, detrás de una ventanilla, con un empleado que no levantó la vista. Quedaban dos días de pasaje y ninguna razón para usarlos.

La mañana tenía la luz baja de los otoños de acá, una luz que no calienta y que le pone borde a las cosas. Los plátanos de la calle Defensa habían empezado a soltar las hojas, y estas caían sobre los toldos cerrados de los bares, sobre los autos, sobre el hombro de un hombre que barría la vereda sin apuro. Ismael caminaba con las manos en los bolsillos del abrigo, un abrigo de otro clima, demasiado grueso para esa temperatura. Treinta años afuera le habían enseñado a vestirse para un frío que aquí no llegaba.

Reconoció una persiana antes de reconocer la calle. Después, la calle. Había un almacén donde ahora había una tienda de velas, y en la esquina el mismo desnivel del adoquín que le había torcido el tobillo a los nueve años. Se detuvo a mirarlo. No sintió nada especial. Siguió caminando con cuidado de no pisarlo, y recién tres cuadras después advirtió que lo había esquivado de memoria.

Se había ido en el noventa y cinco, sin pelea final. Hubo una discusión sobre el taller, sobre si valía la pena sostener un negocio de tapicería en un barrio donde la gente ya compraba los sillones hechos. Su padre dijo una frase corta, Ismael contestó otra, y la conversación quedó ahí, como un cajón entreabierto que ninguno de los dos volvió a tocar. Después vinieron los años, las cartas cada vez más espaciadas, un llamado de una vecina. Cuando llegó, el entierro ya había pasado.

La feria de Plaza Dorrego estaba en su hora más llena. Los puestos de mantelería, las lámparas con pantalla de seda gastada, los discos, las cámaras de fotos con su estuche de cuero, las llaves sin cerradura. Ismael avanzaba despacio entre la gente sin mirar nada en particular, como se mira desde un tren. Un perro dormía bajo una mesa de soda con sifones. Alguien tocaba el bandoneón mal, con una insistencia que casi lo volvía simpático.

Se detuvo en un puesto de antigüedades por una razón mínima: un hombre mayor delante de él había dejado un objeto sobre el paño verde y Ismael esperó a que se corriera. Cuando el hombre se fue, quedó frente a la bandeja de relojes. Seis o siete, de pulsera, alineados sobre terciopelo gastado. Uno tenía la caja de acero y la malla cambiada por una correa nueva, demasiado clara. Lo reconoció por la raya.

Estaba en el borde, junto a la corona, una marca fina y torcida en el metal. Su padre había tenido la costumbre de golpear la muñeca contra el marco de la puerta del taller al entrar, siempre al mismo costado, con la distracción de quien lleva las manos ocupadas. Ismael lo había visto hacer eso miles de veces. Nunca pensó que aquel golpe dejaba algo.

«¿Se lo muestro?», dijo el vendedor.

Era un muchacho de treinta y pocos, con un gorro de lana y un termo bajo la mesa. Sacó el reloj de la bandeja y se lo puso en la palma sin ceremonia. Pesaba menos de lo que Ismael recordaba. Lo dio vuelta. En el fondo de la caja seguían las iniciales grabadas, E. R., Eusebio Rojas, tan gastadas que había que inclinarlas hacia la luz.

«Longines, de los cincuenta», dijo el muchacho. «Anda bien. Lo hice revisar.»

«¿De dónde salió?»

La pregunta pareció no importarle al vendedor. Se encogió de hombros con la franqueza de quien no tiene nada que ocultar porque no sabe nada.

«De una señora de Almagro. Limpiaba casas, y uno de los viejos para los que trabajaba se lo había dado. Ella me lo trajo hace unos años, cuando necesitaba plata para el colegio del hijo. Me contó que el hombre se lo regaló en una época en que ya casi no salía. Le decía que no tenía a quién dejárselo.»

Ismael escuchó eso con el reloj en la mano. Una mujer de Almagro. Un colegio. Un hombre que ya casi no salía. Hizo la cuenta sin querer: el reloj había dejado la casa antes de la muerte. Su padre había pasado sus últimos años con una persona que entraba a limpiar, que cocinaba tal vez, que le hablaba, y a quien Ismael no conocía ni de nombre. Y esa persona había recibido el reloj en la mano, así como él lo recibía ahora.

No sintió rabia ni sintió alivio. Sintió que la casa de su padre había tenido una puerta que él no vio abrirse.

«¿Cuánto?», preguntó, por decir algo.

El muchacho dijo una cifra. No era grande. Ismael la tenía en el bolsillo, en billetes que ni siquiera había contado, y la tuvo presente un rato largo, el tiempo que tardó en pasar una nube sobre la plaza y devolver el sol.

Pensó en comprarlo. Pensó en llevarlo al otro hemisferio, en dejarlo sobre una mesa de luz en un departamento donde nadie sabría de dónde venía esa raya. Vio ese reloj en su muñeca y vio cómo lo miraría cada mañana, como un reproche pequeño y exacto. Una cosa era recuperar algo y otra distinta era cerrar una cuenta que nunca estuvo en sus manos cerrar.

La mujer de Almagro lo había cuidado, y él no tenía derecho a deshacer eso. Alguien le había dado una mano a su padre cuando faltaba la suya. El reloj había pasado por esa mano, por la del vendedor, por el terciopelo gastado, y ahora esperaba en una bandeja a quien lo mirara sin saber nada. Quizás eso era lo justo para un reloj: seguir su camino.

Pasó el pulgar una vez por la raya. Después devolvió el reloj a la bandeja, con cuidado, alineándolo con los otros.

«Cuídelo», dijo.

«Claro», contestó el muchacho, sin entender del todo. «¿No se lo lleva?»

«No. Pero cuídelo.»

Se alejó entre la gente. En la esquina de Defensa y Humberto Primo se volvió una sola vez. No pudo distinguir el puesto, solo el movimiento de los toldos, las cabezas, las hojas de plátano que bajaban despacio y se pegaban a los hombros de la gente.

A la tarde, cuando el domingo empezó a aflojarse y la ciudad entró en esa hora en que todo parece mirar hacia adentro, Ismael se sentó en un café de la calle Chile, junto a una ventana. Pidió un cortado. Del otro lado del vidrio, una mujer cruzaba la calle con un chico de la mano, y el chico se agachó a recoger una hoja seca y se la mostró a la madre como quien muestra un hallazgo.

Ismael miró el cortado hasta que se enfrió. En algún lugar de la plaza, sobre un paño verde, un reloj marcaba la hora justa para nadie.


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