El hombre que coleccionaba silencios.
Era un hombre tan común que nadie reparaba en él. Salvo por un detalle: coleccionaba silencios. No lo decía en voz alta, claro; nadie lo habría entendido. Pero desde hacía años, cada vez que encontraba un instante de calma, lo guardaba. Al principio no sabía cómo. Se quedaba quieto, respiraba hondo, y de algún modo el silencio se le quedaba pegado a la piel, a las yemas de los dedos. Entonces, con sumo cuidado, lo desprendía y lo depositaba en un frasco de vidrio, los mismos que antes habían contenido café o mermelada. Los alineaba en una repisa y los etiquetaba con letra minúscula: madrugada sin autos, siesta de la abuela, puerta cerrada de la escuela, nieve cayendo. Cuando abría los frascos, el silencio volvía a escaparse en un soplo suave. Y era idéntico al momento original: el aire inmóvil, el peso de lo quieto, esa vibración muda que solo se oye con el cuerpo. Era como si los frascos contuvieran pedazos de tiempo. Con los años, la colección creció. Había frascos de todas las forma...