El catálogo de los números vetados.


Mi cuaderno huele a grafito y a dedos gastados. No es un cuaderno cualquiera: es mi Catálogo de los Números Vetados. Allí anoto los que me dejan respirar —el 5, el 11, el 28— y los que me aprietan el pecho hasta casi asfixiarme: el 4, el 13, el 22. A los seguros los encierro en casillas verdes; a los otros los tacho con equis azules, gruesas, como cicatrices que no quiero volver a mirar.

Alguien que nunca haya sentido esta cárcel no lo entendería: no son simples cifras, son barrotes. Cada vez que escribo un número sé que estoy negociando con el aire que respiro.

La primera vez ocurrió un jueves gris. Un taxi casi me atropelló y alcancé a leer su placa: 11-5-28, una secuencia segura. Esa misma tarde ese taxi chocó contra una farola. Pensé en el azar, mientras en casa alineaba los lápices en ángulos rectos hasta sentir que el universo quedaba balanceado.

Al día siguiente, en la oficina, vi un extintor defectuoso con el número 28-11-5. Esa noche, una tubería principal se rompió y dos pisos quedaron anegados. Yo también mojado, porque no pude resistir entrar a comprobar si la secuencia coincidía.

No dije nada, pero la ciudad sí. No sé quién habló primero, quizá un vecino, quizá el guardia del edificio que me vio tomar notas en medio del desastre. El caso es que alguien abrió un blog y me bautizó como El Numerista del Apocalipsis. Yo traté de corregir: “No adivino, solo… esquivo”. Nadie me escuchó. Y pronto empezaron a llegar papeles bajo mi puerta: ¿Puedo casarme un día 9?; ¿Es seguro abrir mi negocio en 3? Yo copiaba todo en mi cuaderno, con las manos temblando. No quería ser oráculo. Yo solo intentaba sobrevivir.

El giro llegó con el puente peatonal. Tenía pintado el código PU-22. El 22 es de los que me cortan el aire. No lo crucé. Rodeé diez manzanas. Horas después, la estructura cedió y quedó inutilizable. Nadie murió, pero las imágenes recorrieron la ciudad. Entre los escombros apareció mi cuaderno abierto, justo en esa página. Lo había perdido en el camino, sin darme cuenta.

El comisario me interrogó. Preguntó de dónde sacaba mis presagios. Yo balbuceé sobre secuencias, casualidades, la tiranía de los decimales. Sonrió con una calma que me heló:

—Qué suerte contar con ciudadanos… atentos como usted.

Esa noche no pude dormir. Empecé a revisar el cuaderno. Algo no encajaba. Algunos números vetados que aparecían ligados a desgracias tenían una minúscula estrella al lado, un trazo que no era mío. Era el mismo que había visto en los informes que el comisario firmaba.

Ahí lo entendí. Los primeros accidentes habían sido azar, sí. Pero una vez que obtuvo mi cuaderno, alguien comenzó a sembrar coincidencias: el extintor saboteado, el puente con grietas conocidas que nunca repararon, los rumores amplificados. Mi obsesión era el disfraz perfecto: yo quedaba como vidente excéntrico, mientras el caos tenía un autor mucho más tangible.

No hablé con nadie. La idea de explicar, de poner mis manos sobre una mesa frente a extraños, me revolvía el estómago. Preferí callar. Callar siempre ha sido más soportable que intentar ordenar lo que en mi cabeza nunca se ordena.

En vez de hablar, abrí una nueva sección en el cuaderno. La titulé “Números de Justicia”. Allí copié lo que había escuchado en los pasillos, lo que se susurraba en la comisaría: la matrícula del coche del comisario, la fecha de su cumpleaños, un número de cuenta suiza que repetía como muletilla entre brindis. Lo dejé en el cuaderno, abierto, en un vagón del metro.

Días después, en las noticias, vi la imagen del comisario esposado. Lo acusaban de corrupción. Los titulares gritaban:

“¡El Numerista acierta otra vez!”

No sonreí. Solo dibujé un cero en la última hoja. El cero no estaba vetado. Era un círculo perfecto. Un ciclo cerrado.

Pedí un café. El camarero me trajo la taza número 13. Respiré hondo, conté hasta siete, y bebí.

Aldo Rojas Padilla.

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