El ascensor con memoria (y mal genio).
El ascensor del edificio Palermo, un cubo de metal con más de medio siglo encima, no era un ascensor cualquiera. Tenía un alma, o al menos el mal genio de una abuela renga. Sus entrañas de cables y poleas resonaban con quejidos que el viejo portero, don Carmelo, juraba que eran resoplidos de hartazgo. "Se le ha subido la sangre a la cabeza", mascullaba, y nadie osaba corregirlo. El día comenzó como cualquier otro lunes de tormenta, con la humedad pegándose a la piel y el apuro masticado en la boca de los vecinos. La señora Emilia, la del cuarto B, intentó llamar al ascensor. El botón, de un plástico amarillento y sudoroso, se hundió con un clic lastimero. Nada. Volvió a pulsar, con esa furia contenida de quien ha perdido el tren de la paciencia. El ascensor, desde su pozo oscuro, emitió un gruñido metálico que sonó a burla. Emilia suspiró. "Está ofendido. Otra vez." Y bajó por la escalera, murmurando sobre la necesidad de un exorcismo. Don Leandro, el profesor jubil...