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El ascensor con memoria (y mal genio).

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El ascensor del edificio Palermo, un cubo de metal con más de medio siglo encima, no era un ascensor cualquiera. Tenía un alma, o al menos el mal genio de una abuela renga. Sus entrañas de cables y poleas resonaban con quejidos que el viejo portero, don Carmelo, juraba que eran resoplidos de hartazgo. "Se le ha subido la sangre a la cabeza", mascullaba, y nadie osaba corregirlo. El día comenzó como cualquier otro lunes de tormenta, con la humedad pegándose a la piel y el apuro masticado en la boca de los vecinos. La señora Emilia, la del cuarto B, intentó llamar al ascensor. El botón, de un plástico amarillento y sudoroso, se hundió con un clic lastimero. Nada. Volvió a pulsar, con esa furia contenida de quien ha perdido el tren de la paciencia. El ascensor, desde su pozo oscuro, emitió un gruñido metálico que sonó a burla. Emilia suspiró. "Está ofendido. Otra vez." Y bajó por la escalera, murmurando sobre la necesidad de un exorcismo. Don Leandro, el profesor jubil...

El color del silencio.

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El ático, bajo el ojo redondo del tragaluz, olía a madera vieja y a todas las ausencias. El aire quieto tenía el tacto de una telaraña. Allí, agazapado entre cajas rotas y muebles cojos, encontré el baúl de cedro de mi abuela, con las iniciales de latón ya verdosas y un candado oxidado que cedió con un chasquido ahogado. Dentro, entre sábanas de lino amarillentas, dormía un álbum. Era de tapas gruesas, forradas en terciopelo desvaído, y sus hojas, de cartón color tabaco, crujieron al abrirlo como si despertaran un lamento. La luz tenue de la tarde, que se colaba como un ladrón por la ventana sucia, apenas rozaba las fotografías pegadas con esquineras de papel. La primera que me llamó, no, que me arrastró, fue una imagen ovalada, sepia, de un hombre. Sus ojos. Era lo primero. Tan penetrantes que parecían perforar el cristal de la fotografía, el tiempo, la piel misma del presente. Un bigote ralo le sombreaba el labio, y el traje, de solapas anchas, le quedaba un poco grande. Alrededor, u...

La cucharita de plata y el eco del hambre.

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  La cucharita de plata, apenas un hilito de metal en mi palma, pesaba más que un ancla en un mar de plomo. Había sido suya, de mi madre, el único recuerdo tangible que me quedaba después de la venta apresurada, la desbandada de objetos que se llevó el eco de su risa, el olor a lavanda de sus cajones. La sostenía ahora, en la cocina a oscuras, donde el frío se había instalado en las baldosas y trepaba por mis tobillos como una condena. No había luz, no porque la noche fuera profunda, sino porque el medidor se había detenido en un número que ya no era mío. La nevera, un gigante blanco y mudo, abría su boca vacía cada vez que la rozaba al pasar. Un desierto helado donde antes florecían los aromas de sus guisos, el murmullo de las botellas de leche. Ahora, solo el eco metálico de mis propios dedos al golpear el estante desnudo. No había hambre, no la que ruge en el estómago, sino la que carcome el alma, la que se instala en el tuétano de los huesos y no te deja respirar. Esa era la qu...

La gota sobre la baldosa

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El mármol de la barra del Café El Sur tenía más cicatrices que el alma de un compadrito viejo, y cada mancha oscura en la madera de las mesas parecía el mapa de una bebida derramada, de una lágrima seca, de un olvido. Allí, entre el humo rancio que se aferraba a las cortinas como un fantasma y el eco de mil conversaciones muertas que aún vibraban en el aire denso, esperaba. No esperaba a nadie en concreto. Esperaba, simplemente, a que el tango decidiera volver a nacer. O a morir definitivamente. En este antro de sombras y espejos empañados, las dos cosas eran caras de la misma moneda gastada. Entró ella. Clara. No con vestido escarlata, sino con uno negro, tan negro que parecía tragarse la poca luz de las bombillas desnudas, o quizás la poca luz era la que se refugiaba en la vastedad de su sombra. No hizo ruido; no es que no lo hiciera, sino que su llegada absorbió cualquier otro murmullo, cualquier otro roce. Se deslizó como una sombra líquida hasta la pista minúscula, baldosas gastad...

La partida en la azotea del mundo.

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Los viejos jugaban ajedrez cada tarde en la terraza más alta del barrio. Don Rómulo, con su bastón de cerezo apoyado en la silla, y el profesor Salinas, ajustándose los lentes empañados por el calor. El tablero era de madera clara, las piezas desgastadas como huesos de fruta, cada una con la impronta de mil batallas silenciosas. Empezó un martes. El aire era denso, como si una tormenta invisible se gestara. El alfil negro avanzó dos casillas sin que nadie lo tocara, deslizándose con una fluidez inquietante. Don Rómulo palideció, el eco de esa mañana resonando en sus oídos: el panadero de la esquina, el de la sonrisa perpetua y las manos enharinadas, había desaparecido sin dejar rastro. —Moviste mal —dijo Salinas, su voz apenas un murmullo, pero su mano tembló al tomar el peón blanco, como si el mármol de la plaza se hubiera vuelto quebradizo bajo sus dedos. Al día siguiente, el sol era un ojo insidioso. La reina blanca protegió al caballo con un movimiento tan preciso que heló la sangr...

El apagón de Santa Rufina.

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Justo cuando el padre Benigno alzaba el cáliz con manos temblorosas, un crac seco reventó en la oscuridad. La luz murió sin agonía. En la capillita de Santa Rufina, el silencio se volvió tinta espesa. Solo el viento ululaba en los aleros, como un alma en pena. ‎—¡Ay, Señor, que nos coge en pecado! —susurró la señora Brígida, dos bancas adelante. ‎Alguien tosió. Otro carraspeó. El padre Benigno intentó una frase piadosa, pero solo salió un gruñido. Don Cosme, el electricista retirado, ya se levantaba con el ruido de un mueble viejo al quebrarse. Su linterna de campista encendió un túnel amarillento en el humo del incienso. ‎—Fusible, padre. O algún gato eléctrico bailando joropo—dijo, y el haz bailó sobre caras desencajadas. ‎Fue entonces cuando empezó el ruidito . ‎Un clic-clac metálico, insistente, como si una moneda bailara sola sobre el mármol. Venía del fondo. El haz tembloroso de don Cosme lo buscó, tropezó con zapatos, rodillas, carteras abiertas… hasta que lo atrapó: era el po...

El eco que me habita.

Hay días en que la vida se reduce a una fisura.   No es tristeza, no es dolor: es el peso de lo que no está.   Este poema nació en una madrugada sin luna para darle forma al vacío que a veces habita en mi pecho.   Para convertir en geografía lo que solo era un abismo sin nombre.   Porque hay heridas que no sangran, sino que devoran la luz.   No es un grito. Es el eco de algo que se perdió hace tiempo,   y aún resuena en cada paso que doy bajo el sol.