La memoria del polvo

 


En ciertos lugares, cuando el camino se vuelve estrecho, no todos avanzan del mismo modo. Algunos caminan atentos al terreno, midiendo cada paso, conscientes de que una caída no es solo personal. Otros prefieren detenerse a observar, convencidos de que mirar también es una forma de estar.

Hay quienes se refugian en la sombra de los muros. Desde allí el tránsito parece menos riesgoso y el polvo no alcanza. Salen solo cuando el trayecto se ensancha o cuando alguien alza la voz y pide testigos. Entonces reaparecen, limpios, intactos, como si nunca se hubieran apartado.

También están los que caminan en círculos. No porque el camino no exista, sino porque avanzar exige dirección, y la dirección obliga a renunciar a ciertas comodidades. Girar cansa menos que decidir.

A un costado del sendero, casi fuera de la vista, quedan quienes tropiezan, quienes cargan peso, quienes ya no pueden sostenerse solos. No siempre es posible auxiliarlos a todos. Pero ignorarlos termina volviendo el trayecto más estrecho para todos.

El camino no juzga. No acusa. Simplemente registra. Y al final, cuando el polvo se asienta, no queda memoria de las palabras dichas durante la marcha, sino de quién avanzó, quién se escondió y quién miró hacia otro lado.

Aldo Rojas Padilla.

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