Aquellos que aún respiran en el silencio
Hay ausencias que no saben cerrarse. Uno cree que la partida es un acto definitivo, un portazo que clausura un capítulo. Sin embargo, hay quienes se marchan del mundo visible y, en vez de diluirse, se vuelven más nítidos.
No regresan con ruido. No buscan que los nombren. Se manifiestan de otra manera: en un leve cambio del aire, en una sombra que parece quedarse quieta un segundo más, en esa sensación repentina de que alguien acompasa nuestros pasos aunque caminemos solos.
Quienes se han ido no abandonan del todo lo que alguna vez hicieron suyo. Vuelven convertidos en murmuro, en eco, en un pensamiento que atraviesa la mente cuando la noche baja demasiado rápido. No reclaman nada, no esperan nada: simplemente permanecen. Se instalan en la memoria como quienes encuentran un hogar y no tienen prisa por marcharse nuevamente.
A veces, mientras la jornada avanza, uno percibe un peso ligero sobre el hombro, como si una presencia antigua y cercana se inclinara a recordar algo que no puede perderse. No es fantasía ni consuelo: es la persistencia natural de quienes se negaron a desaparecer sin dejar una estela firme, una huella que no admite borradores.
Hay quienes, incluso tras su partida, siguen ocupando un lugar en las conversaciones silenciosas que uno sostiene consigo mismo. Están ahí, sin cuerpo, sin tiempo, sin las ataduras que alguna vez los limitaron. Siguen observando, quizá aconsejando, quizá guardando lo que consideraban valioso.
Y así ocurre: la ausencia se transforma en compañía.
Una compañía que no se toca, pero se siente.
Una compañía que no habla, pero orienta.
Una compañía que no pesa, pero sostiene.
Porque hay partidas que no terminan de realizarse; hay despedidas que nunca se completan.
Los que se fueron continúan aquí, en lo que hacemos, en lo que defendemos sin estridencias, en lo que se mantiene en pie aun cuando la vida se vuelve estrecha.
No se han apagado.
No se han perdido.
Siguen caminando.
Siguen respirando en el silencio.
Aldo Rojas Padilla.

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