‎La Colección de Ausencias

 


‎Mi mundo cabe en el rectángulo de luz ámbar de mi mesa de trabajo. Aquí, entre olores a cola de conejo, piel vieja y ácido papel, soy un dios menor. Mis manos, surcadas de finas cicatrices y manchas de tinta, tienen el poder de devolver el tiempo. Le arranco páginas a la podredumbre, desafío al olvido. Un lomo descosido es un desafío; una mancha de humedad, un enigma a resolver. Aquí, dentro de estos márgenes de madera noble, todo lo roto puede encontrar una segunda oportunidad.

‎Fuera de este taller, soy un fantasma.

‎Elena, mi mujer, dice que vivo anclado en el pasado. Lo dice con una sonrisa indulgente, la misma que usaría para un niño que insiste en una fantasía sin sentido. Su mundo es horizontal, expansivo. Colecciona tazas de viaje. Una estantería entera en la cocina está dedicada a ese ejército de cerámica kitsch: una torre Eiffel con "París" escrito en cursiva, un sombrero mexicano de asa, un pingüino de Islandia. Cada una es un monumento a una ausencia mía. Un fin de semana en Roma con sus amigas. Un viaje de negocios a Lisboa. La escapada a la playa el verano que mi madre empezó a empeorar. Ella colecciona tazas, y yo, sin querer, he empezado a coleccionar las ausencias que representan.

‎Pero la ausencia que lo llena todo ahora no cabe en una estantería. Es el silencio de la habitación de mi madre, al fondo del pasillo. Un silencio que tiene peso, textura. Es más sólido que los muebles. Elena ya ha empezado a hablar de "darle un uso a ese cuarto", de convertirlo en un gabinete de costura. Sus planes, prácticos y despiadados, me taladran el pecho. Ese cuarto no es un espacio; es un archivo de susurros, de la fragancia a jabón de azufre, de las tardes leyéndole el periódico mientras ella me miraba como si mis palabras fueran las únicas necesarias.

‎Ella era mi testigo. Mi lector principal.

‎Anoche, intenté compartir con Elena el pequeño milagro del día. En un "Compendio de Botánica" de 1891, encontré una dedicatoria secreta, escondida bajo la solapa del forro. "Para mi Clara, que cultiva en mi corazón el jardín más exuberante. Con todo mi amor, Ernesto. Julio de 1892". La emoción fue un calor súbito en mi pecho. No eran solo palabras; era un latido de un corazón que dejó de latir hace más de un siglo, una prueba de que el amor más feroz a menudo se esconde en los lugares más discretos.

‎Se lo conté con el entusiasmo de un niño, mostrándole la página. Elena levantó la vista de su tableta, donde compraba, con dedos veloces, otro imán para el frigorífico. Sus ojos pasaron sobre la página centenaria, sobre la caligrafía de Ernesto, y se posaron en mí con esa niebla de tolerancia que me resulta más hiriente que el desprecio.

‎"Qué romanticismo, Daniel. Es precioso," dijo. Y luego, sin transición: "¿No crees que ese cuarto de atrás necesita una mano de pintura?".

‎Algo se quebró dentro de mí. No con estruendo, sino con el sonido seco y pequeño de un hilo al romperse. Sus palabras no fueron un hacha, fueron la gota que colma el vaso. La gota número mil. La que sigue a la que corrigió sin escuchar mi explicación sobre por qué el vino tinto deja una mancha con un pH diferente al del café, o a la que me interrumpió para señalar un pájaro en la ventana cuando le confesé mi miedo a la soledad que se avecinaba.

‎Volví a mi taller. La quietud aquí era diferente. No era paz, era un juicio. Mis herramientas—mis escalpelos, mis pinceles de cerda fina, mi prensa de hierro—me observaban. Eran extensiones de unas manos que podían sanar todo excepto la propia vida.

‎Entonces lo vi. Apilado en un rincón, esperando ser restaurado para la venta, había un montón de libros viejos. Y en la cima, como un mensaje destinado solo a mí, estaba "El Principito". No una edición valiosa, sino la misma, la nuestra. La que mi madre me leía cada noche, hasta que las páginas se soltaron y la cubierta se desprendió por completo. Estaba tan destrozada como yo me sentía.

‎Una decisión, tranquila y absoluta, se instaló en mí. No la restauraría para un cliente. No la restauraría para venderla. La restauraría para mí. Sería mi obra maestra secreta, el único libro en el mundo que no tendría más lector que su propio restaurador. Un acto de amor dirigido hacia atrás en el tiempo, hacia el niño que fui y hacia la mujer que me veía.

‎Pasé días en ello. Fue el trabajo más minucioso y doloroso de mi vida. Cada página, cada ilustración del zorro y la rosa, estaba impregnada de su voz. Limpié las manchas de mis propias lágrimas de entonces, de fiebre y pesadillas. Reintegré las esquinas faltantes con papel japonés, haciéndome el illusionista, borrando las huellas del tiempo. Recosí la signatura con un hilo de lino nuevo, fuerte, para que nunca más se desprendiera.

‎Cuando llegó el momento de reinstalar la cubierta, sentí una punzada de dolor. Era la parte más deteriorada. La coloqué con cuidado sobre la mesa, y al hacerlo, algo se deslizó desde entre las capas de cartón deshecho. Una fotografía.

‎Era una instantánea en blanco y negro, ya amarillenta. Yo tendría seis años. Estaba sentado en el regazo de mi madre, en el viejo sillón de la terraza, y los dos estábamos absortos en las páginas abiertas de este mismo libro. Ella miraba el libro, y yo miraba su rostro, con una expresión de absoluta devoción.

‎Y entonces, en el dorso, con su letra firme y querida, había escrito: "Para mi Daniel, el mejor narrador de historias. Con todo mi amor, siempre. Mamá."

‎El aire escapó de mis pulmones. Allí estaba. La prueba. No era una ilusión, no era el recuerdo distorsionado de un hijo. Había sido visto. Había sido amado. Mi valor no era una teoría, había estado archivado en el lugar más íntimo, en la encuadernación de mi propia historia.

‎Abracé el libro restaurado contra mi pecho. Estaba perfecto. Era un fósil de amor, excavado y puesto a la luz. Pero al mirar a mi alrededor, en la penumbra de mi taller, supe la verdad más desgarradora.

‎Era el volumen más valioso de mi vida. Un tratado único e incalculable sobre el amor incondicional. Y también era el libro más triste del mundo, porque su edición solo tenía un ejemplar y su único lector posible acababa de cerrar la última página para siempre. Una lágrima caliente, densa como el ácido de un papel antiguo, brotó sin permiso y cayó sobre la cubierta recién unida, consagrando para siempre aquel amor que ya no tenía testigos.

Aldo Rojas Padilla.

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