Bassil Battah vs. El Dragón Chino.
Dedicatoria:
Para mi amigo José Caruci,
que sabe que la lucha libre no se ve,
se siente en el pecho, se grita en la garganta
y se guarda en la memoria como una llave imposible de soltar.
Este cuento es para ti hermano,
para que vuelvas, aunque sea por un rato,
a esas noches de lona, sudor y gloria
en el Nuevo Circo de Caracas.
El Nuevo Circo de Caracas estaba a reventar, un viernes caluroso que olía a lluvia lejana. Desde temprano, familias, obreros y estudiantes habían llenado las gradas; algunos llegaron en autobuses hasta la Avenida Bolívar y otros, como mi papá y yo, caminamos desde Sam Agustín, atravesando calles con faroles amarillos y vendedores pregonando:
—¡Maní, maní tostao’! ¡Maní pa’ la pela!
—¡Cocada fría, pa’ que no se desmaye del calor!
Por fuera, el Nuevo Circo parecía un castillo redondo, con su cúpula y arcos. Por dentro, era un hervidero de voces, humo de cigarro y perfume barato, mezclado con el aroma dulzón del papelón con limón. Las columnas rojas, con pintura descascarada, parecían sostener no solo el techo, sino toda la emoción de la noche.
—Mire, mijo, desde aquí ve todo como si fuera en el cine —me dijo mi papá al sentarnos en la grada alta.
Tenía razón. Abajo, el ring era un cuadrado azul perfecto, iluminado por lámparas colgantes que temblaban levemente con el bullicio.
De pronto, un altavoz cascado escupió la voz grave del locutor:
—¡Damas y caballeros, señores y señoras, niños y niñas! Esta noche… combate estelar: en la esquina roja… ¡El gran Bassil Battah!
La gente estalló en aplausos. Apareció Bassil, con mirada decidida, listo para desplegar sus técnicas legendarias, como la poderosa pinza libanesa y su temido salto de la muerte.
—¡Ese sí que es guapo pa’ pelear! —dijo una señora con pañuelo en la cabeza, dándole codazos a su amiga.
El locutor continuó:
—Y en la esquina azul… ¡El Dragón Chino, maestro del estilo oriental!
Cayó un silencio expectante. El Dragón Chino, enmascarado y vestido de negro, caminó lento, calculando cada paso. A menudo era objeto de sospechas: los técnicos hacían que el árbitro lo revisara antes de la pelea, porque corría el rumor de que llevaba limones escondidos para atacarte los ojos. Y su compañera, la Dama de las Cadenas, lo asistía lanzando cadenas para distraerlo. Algunos aplaudieron, otros lo chiflaron. Un chamo cerca de nosotros dijo:
—Ese seguro echa candela por la boca, vas a ver.
¡Ding!
La campana sonó y el rugido del público casi tapó el eco metálico. Bassil avanzó con pasos cortos, el Dragón se agachó y extendió los brazos. Se encontraron en el centro, probando fuerza. El Dragón giró, enganchó el brazo de Bassil y lo llevó al suelo con un barrido. El golpe seco contra la lona hizo que las lámparas vibraran.
Pero Bassil reaccionó al instante: aplicó su pinza libanesa, giró y levantó al Dragón, quien giró en el aire, para ser derribado luego con violencia. La afición grita y mi corazón se acelera.
El Dragón, desesperado, trepó las cuerdas y lanzó una patada voladora que dobló a Bassil. El árbitro contó: uno… dos… ¡pero Bassil se levantó!
Bassil, rápido, revirtió con un lazo al cuello que levantó a su rival y lo giró en el aire. La ovación fue ensordecedora.
El Dragón no se quedó quieto: lo empujó contra las cuerdas y le encajó una patada voladora.
Entonces vino el final. Bassil atrapó al Dragón, lo cargó sobre los hombros… y ¡azote monumental contra la lona! El eco se perdió en la cúpula. Uno… dos… tres.
El árbitro levantó la mano de Bassil. El público, de pie, golpeaba las barandas de hierro, silbaba, gritaba. El Dragón, cojeando, se fue hacia la salida, pero antes de irse se volteó y levantó la mano. El aplauso que recibió fue corto, pero sincero.
Yo, todavía con el corazón acelerado, le dije a mi papá mientras bajábamos:
—Quiero una máscara como la del Dragón.
Él rió, me revolvió el pelo y dijo:
—Pues más te vale empezar a entrenar… porque algún día te va a tocar pelear contra Bassil Battah.
Y yo, convencido, le contesté:
—Entonces mañana mismo empiezo.
Aldo Rojas Padilla.

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