Lo que el barro guardaba.


Se caía a pedazos, esa casa.  

La lluvia le había robado el techo,  

el sol rajado sus paredes de barro y sueño.  

Ahora las palas mastican su esqueleto de cañas,  

devuelven a la tierra lo que un día la tierra prestó.  


Aquí hubo vida.  

Gritos de niños en el patio,  

silencio de viejos en la mecedora,  

olores a leña quemada que se aferraban a las vigas.  

Las grietas no eran solo heridas:  

eran caminos que el tiempo dibujó  

sobre el mapa de una resistencia callada.  


Alguien la levantó con manos terrosas,  

creyendo en la eternidad humilde de las cosas sencillas.  

Hoy solo queda un montón de tierra cansada,  

polvo que vuela hacia el olvido.  

Así se van las cosas bien hechas:  

sin testigos, sin aplausos,  

entregando su sitio a la nada.  


Pero en el aire queda algo:  

el eco de un puño golpeando la mesa,  

el fantasma del primer llanto de un recién llegado,  

la sombra del amor que anidó entre esas paredes.  

Las casas mueren, sí.  

Pero lo que protegieron  

—esa savia invisible de lo humano—  

se queda flotando como semilla de diente de león,  

buscando otra tierra donde echar raíces.  


Aldo Rojas Padilla.

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